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Vivencias europeas, escribe Alejandra Perciavalle desde Nyon, Suiza.
 

 




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Ser Extranjera.
Para Marga y Ani, quienes saben muy bien de que estoy hablando.

Anoche fuimos a comer afuera con una pareja de amigos de Gustavo. Hacía mucho que yo quería conocerlos pues Walther, francés de Estrasburgo, fue con Gustavo a navegar varias veces al Caribe y era un poco como el héroe legendario de todas esas anécdotas caribeñas que Gustavo me contó con tanto entusiasmo y mechadas con tan buenos recuerdos. Jean-Renée, su mujer, es suiza. Como no tienen hijos, trajeron al perro, un bóxer llamado Max de un año de edad que se portó impecablemente bien.

Fuimos a comer a un restó gastronómico de esos que se encuentran a la orilla del lago Leman y que por ende son elegantes y caros. El “Chateau des Fleurs”, que también es un hotel, donde fuimos atendidos por 4 mozos que seguramente estaban en pleno estreno y despliegue de sus dotes estudiadas con esmero en la famosa escuela internacional de hotelería suiza. El hecho de que el perro ocupara un lugar en el piso al lado de su amo, provocó un verdadero revuelo que no pudieron superar en toda la velada. Por mas que Walther les explicó que ya no importaba mantener las posiciones de rigor para servir, como la creatividad es algo que no se estudia y obviamente en este país tampoco se requiere ni se premia, no supieron inventar otra que tratar de pararse arriba o al borde del pobre perro para seguir ensayando sus poses adquiridas en un acrobático intento vano por aceptar simplemente la realidad: había que pasar por otro lado.  Estaban tan pendientes de hacer todo bien y era tan poca la espontaneidad de la que disponían,  que el mínimo margen de error los sumía irremediablemente en la comedia de los equívocos en vías del desastre completo, con la diferencia que aquí nadie reía. Creo que mas de uno terminó –como la chica que apoyó prematuramente en la mesa la inmensa copa cristaloidea que contenía el hielo, antes de que el maître hubiera introducido los dos cubitos de rigor en mi aperitivo-con úlcera perforada.  La mirada taladrantemente expresiva de la que fue objeto no se me pasó por alto y la pobre que ya estaba pálida y nerviosísima, pasó al verde lívido y estoy segura de que al llegar a la cocina debe de haber sufrido una crisis nerviosa y unas cuantas amonestaciones que sin duda redundaran tal vez en un descuento en su sueldo. Yo trataba de calmarlos con cálidas miradas de agradecimiento y susurros de merci pues me producía una inmensa pena verlos sumidos en tanta confusión y seguir perseverando en conseguir algo perfecto que no servía para nada. Pero estaban todos tan pendientes de su esmerada actuación que no creo que mi pobre mensaje de paz y tranquilidad, les haya hecho mella en algún momento. La mesa estaba tan llena de cosas que era casi imposible moverse con comodidad y uno se terminaba preguntando para que quería tanta copa, tanto cubierto y tanto platito que lo único que lograban era dificultar la digestión de la comida servida, que, eso si, era una verdadera delicia.

Así que heme aquí, en el medio de un despliegue de esmeradas atenciones y tratando de seguir la conversación en francés, entendiendo poco al oír hablar de gente que no conozco y de situaciones ajenas en las que me resultaba difícil intervenir o dar una opinión. Mansamente me puse en auditiva, tratando de acompasar y observar para conocer y comprender a estas nuevas personas que tal vez por un capricho del destino y sin explicación cósmica, irrumpen en mi vida de este ahora. En un momento se habló de cine cómico francés, empezando por la maravilla de “Asterix y Cleopatra” y eso me puso contenta porque amo el cine y había varias películas que había visto, pero cuando lograba hilar una frase coherente sobre mi opinión al respecto, ya estaban en otra peli que tal vez yo no había visto; esto sucedió varias veces hasta que agarrándome del rubro de películas recomendables y meritorias, logré citar “Los unos y los otros” excelente film de Claude Lelouch, año 81 u 82 si no me equivoco, un film que da mucho para comentar. Walther tarareó una canción que en realidad era la música de “Un hombre y una mujer”, otra famosa película de Lelouch pero del ’66. Cometí el error de corregirlo con año y todo y si bien lo disimuló riendo, no le gustó nada y eso puso fin a la discusión cinematográfica y a mis pocas posibilidades de intervención en un tema neutro que hubiera servido para perfilar una opinión personal y de ese modo dar a conocer un poquito de mi persona. Eso, si la gente tiene ganas de conocerte y le da la cabeza para analizar tus comentarios y lecturas particulares.

Mientras avanzaba la noche comencé a sentirme cada vez mas frustrada de no poder decir ni intervenir en nada y ojo, no pretendía ser la estrella ni ostentar un rol protagónico ni mucho menos, solo quería ser una mas del grupo. Me sentí dejada de lado, aislada, triste, poca cosa, pero por sobre todo me sentí extranjera, hecho que me disgustó mas que cualquier otro.  

Cuando volvíamos para casa en el auto estaba realmente angustiada, pues no es la primera vez que me pasa una cosa así. Antes me excusaba pensando que era por no comprender las sutilezas del idioma o ciertos chistes, o muchas veces por una diferencia de cultura, aquí muchos tienen poder económico y son educados pero eso no va de la mano de la cultura (tanto museo y obra de arte al reverendo pedo!). Y no es que yo me sienta “El libro gordo de Petete” pero digamos que en el ámbito que siempre me moví, hay ciertas cosas que uno comenta, aunque sea un artículo del diario, una exposición, un libro, la música, el cine, etc. Pero anoche comprendí que es doloroso no tener un espacio en una mesa amistosa, y que en el fondo todo eso no es otra cosa que pagar el derecho de piso con cierta abnegación y sacrificio, disimulando la bronca que nos provoca no ser tenidos en cuenta y ser el último de la fila.  

Me di cuenta de la gran diferencia que hacemos los latinoamericanos con los extranjeros, que en general los hacemos sentir a gusto, les preguntamos de donde vienen, como se sienten, como es su lugar de origen, que extrañan y qué añoran. Nos gusta saber que hay en otros lugares, como somos vistos a través de otros ojos, poder compartir, aprender y de ese modo ensanchar nuestro universo humano. Al europeo medio, no le interesa agregar nada a su ya muy satisfecha vida. Ese individualismo me pareció tan pobre y tan triste, tan poco humano… Desde mi simpleza y mi ignorancia, me pregunto si la guerra se sigue cobrando víctimas décadas después y deja este saldo tan horrible que no solo pagan los descendientes de los que la vivieron sino los descendientes de los que se salvaron, los que no la vivimos y debemos integrarnos a una sociedad afectada. Sobrepuesta en lo económico pero no en lo psicológico.

Este es el mundo que me toca vivir hoy. Detrás de toda esa magia y de esa aventura que es la migración para vivir en un lugar mejor, se rasga el alma y salen estas cosas, cosas lógicas que muestran la parte oscura de una sociedad: el individualismo.

Por eso, todos aquellos que me hacen tanto bien diciéndome “que bien que te fuiste”, cosa que tanto agradezco pues una a pesar de todo sigue dudando, tal vez puedan entender todas estas sutilezas que también forman parte de la vida. Son cosas que jamás me imaginé que pasarían, no sabía que existían, pero existen y están y hacen que uno sea menos feliz de lo que imaginan aquellos que se quedaron. Hacen que uno valore más de donde viene, la educación recibida, la patria grande, el compañerismo y la poca discriminación que se vive en nuestro país.

En el fondo debo sentirme agradecida pues puedo ver las dos caras de la moneda y eso me hace infinitamente rica, pero no me quita la tristeza y no por ello dejo de añorar, todos los días de mi vida, la tierra que dejé y la gente que amo que quedó allá lejos en el Sur de mis afectos…

Alejandra Perciavalle

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El regalo de Solange
escribe Alejandra Perciavalle, desde Nyon, Suiza
 



Todos los años, desde que nos vinimos a vivir a Suiza, mi padre toma el avión y nos viene a hacer una visita de un par de meses. En general viaja a principios de mayo para de esa forma estar presente en el cumpleaños de su única hija, que justamente viene a ser la que narra este escrito. Todos los años, mi amiga Solange, santa de mi alma, se acuerda de todo esto y me manda un regalo con mi papá.

Pero este año mi padre viajó un mes antes y cuando Solange lo llamó él ya se había ido. Como mi amiga no sólo es fiel sino perseverante (y muchas cosas maravillosas mas)  la semana pasada, logró enviarme un paquetito con una amiga de ella que justo viajaba a Ginebra. Como suele ocurrir con estas cosas, se enteró el jueves al mediodía de que Claudia viajaba el jueves por la noche así que corriendo a contrarreloj me compró una pulsera divina en Arandú y para los chicos, los clásicos paquetes de Sugus  rosa y azul y una vaquita de dulce de leche.

Me reuní con todos estos tesoros el martes por la noche. Cuando Gustavo llegó con el paquete, Brandon ya dormía pero Kevin y Bárbara ni bien vieron los Sugus se abalanzaron como si aún fueran chiquillos de jardín de infantes. Aclaro, que Suchard es una empresa suiza y que los Sugus también se venden aquí. Pero… no se venden en los kioscos, solo en algunos supermercados y vienen en una bolsa grande, con otro formato (rectangular) y otro envoltorio, además los confitados no existen. En suma, totalmente diferentes a los nuestros, tanto que mis chicos aquí no los comen y tampoco estaban enterados de que existían.

El miércoles por la mañana Brandon se levantó temprano. Yo me encontraba ya sentada en la mesa de la cocina, escuchando mi infaltable programa radial en busca de algún pronóstico meteorológico benévolo que anunciara un mísero rayo de sol en algún momento de la semana, algo que indicara que el verano llegará a estas tierras inhóspitas en algún momento, cuando Brandon hizo irrupción en escena. Mientras se restregaba los ojos tratando de terminar de despertarse, posó su joven mirada en la mesa de la cocina adonde reposaban mansamente sus dos paquetes de Sugus. Los miró en silencio como buscando en la distancia del tiempo y del espacio la conexión necesaria para ubicarlos. Luego de unos segundos que a mi se me hicieron eternos pues ya tenía un nudo en la garganta y se me estaba atragantando la vida y la emoción, me miró y mientras estiraba la mano para abrir un paquete me dijo: “Mamá, cuándo vamos a volver a la Argentina?

Brandon tenía 4 años cuando migramos a Suiza y la verdad es que si bien dudo mucho que se acuerde de los Sugus, obviamente algo le hizo establecer el vínculo y conectarlo con su raíz autóctona.

Siempre me pregunto como van sintiendo mis hijos, como se van formando, que recuerdos tejen, si se sienten mas o menos argentinos a pesar de que hablan un francés impecable y un castellano cada día mas deficiente. También siempre dije que Brandon es el mas suizo de todos. el que menos recuerdos tiene y sin embargo… su reacción me sorprendió y me dejó pensativa. Me encantó sentir que aún tenemos un pasado común, cosas que podemos compartir sin tener que dar largas explicaciones.

Me pregunto, en esta carrera loca de la vida, donde muchas veces vivimos montados en la urgencia diaria, a una velocidad increíble sin detenernos a oler las flores del costado del camino, cuantas veces, así como a mi me pasa, mis hijos callarán angustias que no saben de donde vienen.

Y no puedo menos que, salvando las diferencias, recordar el ensayo de Borges “El Cautivo”:

En Junín o en Tapalqué refieren la historia. Un chico desapareció después de un malón; se dijo que lo habían robado los indios. Sus padres lo buscaron inútilmente; al cabo de los años, un soldado que venía de tierra adentro les habló de un indio de ojos celestes que bien podía ser su hijo. Dieron al fin con él (la crónica ha perdido las circunstancias y no quiero inventar lo que no sé) y creyeron reconocerlo. El hombre, trabajado por el desierto y por la vida bárbara, ya no sabía oír las palabras de la lengua natal, pero se dejó conducir, indiferente y dócil, hasta la casa. Ahí se detuvo, tal vez porque los otros se detuvieron. Miró la puerta, como sin entenderla. De pronto bajó la cabeza, gritó, atravesó corriendo el zaguán y los dos largos patios y se metió en la cocina. Sin vacilar, hundió el brazo en la ennegrecida campana y sacó el cuchillito de mango de asta que había escondido ahí, cuando chico. Los ojos le brillaron de alegría y los padres lloraron porque habían encontrado al hijo.

Acaso a este recuerdo siguieron otros, pero el indio no podía vivir entre paredes y un día fue a buscar su desierto. Yo querría saber qué sintió en aquél instante de vértigo en que el pasado y el presente se confundieron; yo querría saber si el hijo perdido renació y murió en aquel éxtasis o si alcanzó a reconocer, siquiera como una criatura o un perro, los padres y la casa.
 


Vivencia Cero
Introducción

 Hace poco leí que el cero es un agujero metafísico que inventaron los árabes para los cuales también el tiempo es un vacío.

 Tal vez quiera ponerle este nombre a esta Vivencia porque la considero ambiguamente como un punto de partida y de llegada. Como un encuentro invisible donde lo conocido y lo desconocido tejen una historia nueva. Estos estados opuestos no chocan, sino que son como dos etapas maravillosamente correlativas que se suceden prolijamente, uniéndose desde la deliciosa sincronicidad que maneja el tiempo que se nos concede en este plano. El tiempo cuando uno lo vive es estrictamente cronológico pero cuando uno lo escribe se desdobla al antojo del escritor.

 El cero es, en este caso, el punto de partida de un nuevo camino y como un espejo ovalado por el cual entré el día que dejé mi tierra. Al partir traspasé el espejo y como el de Alicia me fue mostrando un mundo que está del otro lado de esa realidad conocida y lo que logró –y sigue haciendo- es terminar de criarme, de mostrarme quien soy, de darme la identidad por los contrastes y los contrarios, de aprender desde el no-ser. Tuve que migrar para terminar de crecer y aunque me muero de angustia y de extrañe, tengo que admitir que es una de las experiencias mas ricas de mi vida puesto que me ha reconciliado con mi esencia, mis raíces y mi historia.

 No es que porque esté lejos idealice siempre todo. Añoro lo autóctono, lo verdaderamente mío, lo que nadie me puede quitar, no importa el gobierno que se turne, ni la situación del país.

 También aprendí que cuando uno tiene el privilegio de ser nativo, el mundo de nuestro país no se descubre desde el exterior como un planeta desconocido, nunca se explora. Para tomar conocimiento del mismo se produce una implosión interior. En general, son cosas que uno ignora de si mismo y las descubre por sorpresa con la experiencia.  Así me pasó de encontrarme en un recital de Opus 4 en Nyon, del cual me avisó mi vecina suiza-alemana, llorando al escuchar temas de Piazzola que durante años escuché y nunca supe de quien eran. Me sentí una verdadera bruta. Me descubro ahora interesándome por cosas en las cuales antes jamás reparaba y valoro otras que habían pasado desapercibidas por el simple hecho de estar al alcance de mi mano.  Cosas que llevo muy adentro y que no sabía que poseía, ni soñaba con encontrar, como hallar un cofre escondido del cual voy sacando sorpresas y en cada una hay un pedacito mío, oculto, secreto,  latente, tejido con mis recuerdos, cálido y familiar.

Estos relatos nacieron sin ser planificados, surgieron como algo espontáneo y natural para compartir con mis amigos las cosas nuevas de todos los días. Para sentirme menos sola cuando las escribía, para crearme la ilusión de que estaba compartiendo una charla y un café cuando las contaba, para entender otras situaciones confusas que una vez volcadas al papel se tornan menos complicadas y más aceptables. Para manejar con más facilidad una vida nueva. Son el reflejo de las cosas diarias que nos pueden pasar a todos, enfocadas en lo posible desde el humor, adornadas con el decorado de las montañas suizas y con el sabor del chocolate.

Así se fueron creando estos cuentos que narran un poco mi historia  y llevan mi sello y mi estilo, muchos con la sorpresa de lo nuevo, algunos con bastante rebeldía o enojo, cuentan aciertos o desaciertos, otros con resignada aceptación muestran imágenes algo dolorosas o tristes, otras veces felices o emocionantes… todos con un gran tajo de nostalgia.

 Si logran poner una sonrisa en tus labios y mostrarte un mundo que no conocés o que sí conocés y te sentís identificado, entonces sentiré que humildemente he contribuido a hacer algo positivo.

Muchas gracias por simplemente estar del otro lado y escucharme.

 Alejandra Perciavalle

Nyon, 2004.


 

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Vivencias Europeas XXII
Sistema escolar suiz
o

 A veces pienso que muchos de todos estos ataques que tengo en contra de las injusticias que padezco en este país que me ha brindado tanto, está multiplicadamente fomentado, boicoteado y /o aumentado por las saudades y las idealizaciones de mi tierra. La oportunidad de establecerme, trabajar,  lograr ser una persona emancipada y criar mis hijos con la tranquilidad y seguridad que no creo que pueda tener en ningún otro lugar del planeta, son cosas que valoro, agradezco y que no olvido. Sin embargo, la distancia, el vacío, la ausencia y la falta de los afectos tejidos en 40 años de vida, me obturan la neurona y la capacidad de discernir con justicia. Obviamente, por mas que lo intento no puedo ser imparcial.

 Pero mas allá de todos estos motivos que tienen su justificación, aunque sea remota y enroscada, hay algunos puntos del sistema escolar suizo sobre los cuales no estoy de acuerdo y me gustaría decir algo al respecto. En realidad me causa un enorme placer poder hacer una crítica y eso se debe a que esta raza helvética goza de muy poca  autocrítica y  se cree tan perfecta que toda norma, regla o manía, se torna un mandato incuestionable, inexorable, férreo, impertérrito. No oculto mi ignorancia en el tema, no soy ni maestra, ni psicóloga, pero fui  alumna y soy madre, y es desde ese lugar que pienso expresarme y dar mi opinión.

 Como muchas veces lo expliqué esto no es un país sino una confederación y cada cantón es sumamente independiente en sus usos y costumbres, en sus leyes, en sus opiniones, en sus rarezas . A veces pienso que por el único motivo que estos 22 y 2 medios cantones (Si, hay 22 cantones enteros y dos que corren en la categoría de medio cantón, así son de raros y complicados) forman un país es porque jamás podrían sostenerse solos y por un motivo económico, por algo son los banqueros del mundo (otro tema largo y sinuoso). El sistema escolar difiere mucho de un cantón al otro. Yo conozco solo dos ejemplos y son los que citaré.

 Estando en Ginebra, mis hijos cursaron la primaria que llega hasta el 6to. grado. Al terminar y según el promedio de sus notas las criaturas pueden acceder a 3 niveles diferentes de cycle o secundario : Latin, Scientífique y Général. Si bien los tres niveles tienen una orientación parecida a nuestros bachiller, comercial y técnico, el tema es que sólo los de latín y científico pueden acceder al nivel universitario. Los de general, luego de finalizar el 9no. año pasan a cursar los aprentisages o sea aprendices para diferentes trabajos sin estudios universitarios. Las dos vías superiores siguen cursando 10, 11 y 12 (cosa que en Ginebra se denomina “collège” y en Nyon “Gymnasium”; se complica más puesto que en la Francia vecina “collège” es secundario) y luego de hacer su diploma “Baccalauréat »  pueden concurrir mansamente a la universidad.

 Pero en esos 3 años (7, 8 y 9) y si se esfuerzan, por ejemplo un chico que está en el nivel mas bajo, llamado Général puede pasar al siguiente nivel si sus notas lo ameritan, así como también puede bajar de nivel (caso de Kevin que en 6 meses llegó del más alto al más bajo y no lo echaron porque se acabó el año y nos mudamos), pero todo en el mismo año escolar y sin repetir, con lo cual vemos que el sistema de Ginebra dentro de todo es bastante flexible.

 Cuenta la leyenda que al mudarnos a Nyon y pasar al cantón de Vaud, me apersoné en el colegio estatal público para proceder a anotar a las criaturas. Me dijeron que para Brandon, que comenzaría el 2do grado todo estaba bien, pero los otros dos debían pasar un test para ser recibidos y ubicados en el nivel adecuado. En general no me gusta que los chicos sean sometidos a exámenes innecesarios, pero me quedé tranquila ya que Barbara había pasado al nivel más alto con 6/6 y aparte tanto ella como Kevin habían tomado cursos de apoyo en el colegio de Ginebra durante el mes de agosto,  en matemáticas, francés y alemán para reforzar el hecho de que tanto un idioma como el otro eran sumamente nuevos para ambos.

 Así que fueron al colegio y rindieron. Y cuando los fui a buscar, ese mismo día, la decana (aquí ejerce el papel de vicedirectora) me llamó aparte y me dijo que Kevin quedaba en 8vo ya que no había un nivel mas bajo para ponerlo. Eso no me afectó pues el chico había tenido un año durísimo y andaba de capa caída y no se le podía exigir que tuviera ganas de estudiar cuando se cuestionaba otros asuntos morales mas importantes e inmediatos. Pero estuve a punto de arrastrarla de los pelos, estrangularla y empotrarla en la pared del patio central cuando me comunicó que Barbara no pasaba al 7mo grado no solo en el nivel más alto como lo había logrado en Ginebra ni tampoco en el nivel medio sino en el inferior. Ante mi cara de horror, ya que el odio traté de disimularlo para que no nos echaran del colegio antes de haber sido aceptados, la mujer me mostró el examen. Allí me enteré que el nivel escolar en el cantón de Vaud es tremendamente más alto que el de Ginebra, puesto que mi hija que adora las matemáticas y que siempre fue brillante en ellas, no había logrado terminar el examen.

 Vendría bien aquí aclarar que en Vaud los niveles también son tres y se llaman Voies Secondaires, vías secundarias. Entonces: VSB es Vía secundaria Baccalauréat, VSG es Vía secundaria General y VSO es Vía secundaria Option. A diferencia de Ginebra aquí solo se puede subir de vía si al finalizar el año escolar se obtiene un puntaje de 15 puntos sumando los promedios de las 3 materias filtro: francés, matemáticas y alemán. La nota máxima es 6. Bueno, si se logran los dichosos 15 puntos uno repite el año pero cursando el nivel superior en el cual se estaba. ¿Se entiende esto? A mi me llevó noches de desvelo poder comprenderlo, mapa de por medio y sigo aún preguntándome como algo puede ser tan complicado y lo que es mas, cuál es la razón  y a santo de qué esto debe ser tan complicado.

 El hecho de que Barbara no pudiera pasar al nivel que debía les presentaba un grave problema que los tenía muy afectados pues me decían que la tenían que poner en 7mo pero en el nivel Option (el mas bajo) y yo me negaba enfáticamente a que eso sucediera. El colegio debe contar con el consentimiento de los padres y pueden llegar a montar un consejo escolar para convencerte. ¡Me la imaginaba a Barbara pasando lustros en el colegio suizo para poder estar a tono con los demás!!! Tampoco quieren que los chicos repitan ya que eso no es muy rentable para el estado. Finalmente se dieron cuenta de que mi hija iba un año adelantada en edad pues al migrar había ganado medio año, así que magnánimamente me dieron la opción de que repitiera el 6to grado, y aprendiera todo aquello que le habían tomado en el examen y no sabía pues eran cosas que jamás estuvieron en el programa de 6to. grado de Ginebra.

 Esto me sumía en el mar de la desesperación pues conozco el orgullo de mi hija. Para ella que compite tanto con su hermano mayor, el hecho de pasar al cycle era una forma de subsanar alguna diferencia y sabía lo contenta y orgullosa que estaba de entrar al secundario. Esto era volver para atrás y encima injusto puesto que ella había pasado sus exámenes con las notas más altas. En fin, transmitirle todo esto no fue fácil y le llevó bastante tiempo digerirlo y aceptarlo. Su primer mes de clases fue catastrófico y duro. Era la única nueva, nos acabábamos de mudar, todo era distinto y encima lo que mas le dolía era que todos sus compañeros ¡eran más chicos que ella!!!

 Así es que Barbara rehizo su 6to grado con varios ataques de rebeldía que fueron purgados y castigados con penitencias dignas de la Edad Media, como por ejemplo la de escribir 100 veces “no debo olvidar mis deberes de alemán en casa”. Hecho que denotó su prolijidad extrema, su creativa originalidad y su ser porteña fue que la chica lo hizo en la computadora. Fue injustamente rechazada y tuvo que volver a hacerlo a mano. Estas antiguas prácticas al estilo “con sangre entra” son bastante habituales, ya que a Kevin, que se olvida hasta de si mismo, le hacen conjugar por duplicado el verbo “oublier” en todos sus tiempos y formas. Yo estoy por enviarle una nota al maestro para que cambie de verbo así aprende otro y el castigo es un poco mas útil y rentable.

 Finalmente, y luego de denodados esfuerzos, idas y vueltas, Barbara superó los inconvenientes con felicidad y en junio de este año entró al añorado secundario en la vía media, llamada VSG.

 El año escolar está dividido en tres trimestres y abunda en vacaciones. Las de verano constan solo de dos meses y luego hay una semana en octubre, dos en Navidad, una en febrero y dos en Pascuas.

 Las reuniones de padres tienen lugar una vez al año en el aula magna, donde nos agrupan y proyectan gráficos para que tratemos de comprender el complicado sistema secundario y las opciones correspondientes. Son largas, tediosas y aburridas. Luego se pasa a la clase donde se conoce al maestro/a principal y al resto del elenco. A esta altura ya pasamos las de los 3 chicos. Nos llamó profundamente la atención, en el colegio de Barbara el trabar conocimiento con los profesores de gimnasia, música e introducción a la física, el hecho de que los seres masculinos eran terriblemente híbridos, sin llegar a ser afeminados todos contaban con una falta total de masculinidad bastante desconcertante y un tanto desagradable.

 Para ser justos, a su favor puedo decir que: el colegio público es totalmente gratuito, siempre se encuentra cerca de casa y si los chicos viven en las montañas de las postales hay un bus gratuito a disposición para llevarlos y traerlos, no llevan uniforme ni delantal, les entregan gratuitamente los útiles y los libros, anche los diccionarios y los atlas, hasta los lápices que obviamente son Carand’ache. Al día de hoy lo único que he comprado ha sido un compás y tampoco entiendo por qué ya que hasta la calculadora les regalan. Las aulas nunca agrupan más de 22 alumnos.

 Lo que me parece perverso y no puedo perdonarle a este sistema es que los chicos de 5to y 6to grado, a la edad de 11 y 12 años, son juzgados por nota y por actitud, y el promedio de esos dos años es lo que los ubica en las vías secundarias que luego les darán o no la oportunidad de tener acceso a la universidad. ¿Quién a esa temprana edad puede tener conciencia de lo que quiere para su vida futura? Solo unos pocos elegidos. ¿Como puede ser que a una edad tan temprana sean obligados a decidir y a elegir de esa forma? ¿Será esto lo que los vuelve tan ordenados, tan obedientes, tan corderitos impecables? No sé, si bien me encanta vivir en un país ordenado y prolijo, me parece que este es un precio un tanto alto a pagar.

 Cuando amamos verdaderamente a alguien le perdonamos todo o por lo menos, relativizamos sus faltas y sus fallas. Si yo me encariño con las entradas de cine, los boletos de tren, el papelito de los caramelos y los fósforos, ¿ por qué me cuesta tanto querer a este país? No pretendo una raíz pero sí un lazo de afecto para sentir que si bien no es mi patria, el hogar que tengo en Nyon se encuentra dentro de algo que se pueda llamar “mi casa”. ¿O será que es tanto lo que extraño mi país que infantilmente no permito que otro tome su lugar? Tal vez sea tal el sufrimiento que me causó migrar que me enojo con el modelo y entonces idealizo el que no tengo, el imposible, el inaccesible y contamino el que tengo a mano, el real, el presente, el que me da de comer y de esa manera burda sacio la sed de vengar mi sufrimiento de una forma algo pueril y nada feliz.

En fin, cosas que pasan y que trato de entender, aunque muchas veces no lo logro.

Alejandra Perciavalle
Nyon, noviembre del 2003.

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El caso del celular perdido
(y afortunadamente encontrado!)

Vivencias Europeas XVIII  Escribe Alejandra Perciavalle desde Nyon, Suiza
 

A Gustavo, que siendo de Aries y a pesar de ello, esgrime conmigo una paciencia solo comparable con su fuerza y su amor. !Gracias, gordi!

Cuando llegué a Suiza, mi primer morada fue un viejo apartamento en la Vieille Ville que para demostrar aún mas su vetusta ancianidad no tenía teléfono.

En esa época yo tenía (y tengo) tres hijos que en esas circunstancias colgaban literalmente de mi, con el cordón umbilical nuevamente vigente y reinstaurado conscientemente por ambas partes. Los chicos eran mas pequeños y necesitaban de su mamá (que nostalgia, ahora cada vez menos!) para todo. Yo vivía desesperada porque ellos no hablaban el idioma, ni conocían el lugar y me volvía loca el hecho de que no se pudieran hacer entender en caso de urgencia y/o necesidad imperiosa.

Un sabio dicho inglés dice: “today luxuries are tomorrow necessities” (los lujos de hoy son las necesidades del mañana), y me consta que es bastante cierto. Así que a los pocos días de llegar, me compré un celular y me mantuve conectada por esa vía con el mundo nuevo al cual nos estábamos adaptando. Desde entonces, he podido comprobar que uno mantiene con su teléfono portátil una relación muy especial y personal, que a veces puede llegar a la dependencia absoluta y a reiterados intentos de suicidio, en caso de perderlo.

En noviembre del año pasado, debido a mi antigüedad como clienta, pude sacar a muy bajo costo un aparato nuevo ya que el anterior comenzaba a tener serios problemas de batería. Pero hete aquí que cuando nos fuimos a España para las vacaciones de Pascuas, a Gustavo no le funcionaba bien su aparato,  “el celular”, y entonces, en un acto de arrojo, le dije: “Cambiemos la carta sim y yo te presto mi teléfono nuevo mientras yo uso el tuyo!” ¿No soy maravillosamente generosa y altruista?

Así hicimos y resulta que fue como una transferencia de cerebros sumamente graciosa. Los números de la agenda registrados en la carta sim pasaron con ella al celular respectivo pero la otra mitad, que por esos secretos indescifrables de la ciencia moderna que jamás llegaré a comprender, o sea aquellos números que caprichosamente  nunca se registraron en la diminuta carta sim y boyaban errantes quien sabe donde, quedaron en el aparato telefónico. Conclusión: nos quedamos con la mitad de la agenda propia y la otra mitad de la ajena, como en un intercambio de cerebros cuando uno queda con el lóbulo derecho y obtiene el izquierdo de su consorte. Como estábamos de vacaciones y solos, sin las criaturitas, nos matamos de risa. Temo que trabajando y con el ritmo desenfrenado de la vida loca que normalmente llevamos en Nyon, el caso hubiera sido diferente, pues es allí, en el día a día verdadero que cuando uno no puede encontrar lo que busca pierde la paciencia y la paz matrimonial se vuelve sumamente difícil de obtener.

Al volver a Suiza, Gustavo se hizo… “el oso”, y yo con mi alma sacrificada… “de mujer vulnerable”, seguí con el celular que se apagaba todo el tiempo, hasta que lo cambié por uno extra que tenemos para casos de emergencia, horrible, de color naranja y con botones durísimos, de esos que te quitan las ganas de llamar y hasta pueden volverte alérgico. Así seguí por varios meses, incluidas las vacaciones de verano.

Al regresar de las mismas, y como premio al mérito de una compañera solidaria, Gustavo me llevó a The Phone House y me compró un teléfono divino que yo hacía años que ambicionaba. Color turquesa oscuro y gris, ultraliviano y aerodinámico, con pantalla color, fundita pa’ que no se raye, radio, audífono para que no me vuelvan a hacer la boleta si hablo desde el auto (ya pagué 100 francos), etc., como dicen los clasificados: joya!

Pasé por los trámites formales de agendar lo necesario, de aprender a utilizarlo sin morir o matarlo en el intento, de incorporar información sin tildarme, en suma me hice amiga de mi teléfono móvil y pasé de la admiración al amor absoluto.

Mis hijos, a quienes les caía una sana baba verde de envidia, fueron los mejores maestros para mostrarme y enseñarme a comprender al nuevo integrante de mi vida. No hay nada que hacer, la nueva generación domina estas cosas con una habilidad increíble, lo llevan en los genes.

A principios del mes de septiembre un viernes de mañana en la que estaba sumamente alterada, apurada,  estresada y todos esos adjetivos que se precian de calificar a mi vida normalmente, partí al trabajo donde pasé todo el día ajetreada con cosas urgentes e impostergables. Cuando llegó la hora de retornar al hogar, me puse a buscar el celular y como no lo encontraba, utilicé el viejo truco de llamarme. Al constatar que no lo escuchaba por ningún lado, deduje que me lo había olvidado en el auto o en casa, cosa que es bastante común que suceda.

Al llegar al hogar, Brandon se encontraba en el living totalmente hipnotizado por el Cartoon Network, pero aún así cuando le pregunté si había escuchado sonar mi celular, sin salir de su intermezzo televisivo, pudo balbucear que: “sí, sonó hace un ratito”. Con lo cual me quedé tranquila y me puse a hacer otro millón y medio de cosas del largo listado que me aguarda cuando llego a casa.

Al día siguiente, sábado, los chicos partieron a lo de su padre y Gustavo y yo nos pusimos a hacer ese orden que se hace indefectiblemente cuando uno ya no aguanta mas el caos y entonces literalmente harto de tanta porquería inservible, se avoca a prácticamente tirar la casa por la ventana, con lo cual mientras yo trataba de limpiar y al mismo tiempo ordenar y evitar que Gustavo me tirara todo lo que él, masculinamente, considera abominablemente inservible  y yo, femeninamente, defiendo como artículos de primera necesidad, mi consorte llenó 7 bolsas de consorcio con papeles, revistas, cartones, y otras cosas  íntimas que no viene al caso mencionar.

En un momento se me ocurrió llamar nuevamente a mi celular, que seguía negándose a aparecer, pero ya no sonaba. Esto no me alarmó puesto que yo recordaba que casi no tenía batería, con lo cual, me dije, ya aparecerá. Pasaron dos semanas y luego de intensas búsquedas por los posibles lugares de esparcimiento del teléfono, que en este caso puede ser, cualquier lugar en el que yo distraídamente lo haya apoyado, para tomar otra cosa y seguir mi camino, mis hijos comenzaron a inquietarse seriamente y se propusieron ayudarme a encontrarlo ya que ellos mismos decidieron que el que lo encontrara tendría la recompensa de quedarse con el aparato. Aclaro que yo jamás accedí a dicho soborno moral, pero como necesitaba de toda la ayuda posible, me limitaba a sonreír sin dar muchas explicaciones. A instancias de mi amiga Ana, que insistía en que yo lo había perdido y que alguien me lo estaba utilizando y a fin de mes recibiría una cuenta infernal, llamé a Sunrise (la compañía que me provee el servicio) y di la orden de bloquear el servicio hasta nuevo aviso. Me ofrecieron enviarme una nueva carta sim, previo pago de 40 francos, pero yo no podía resignarme y orgullosamente me negué otorgándome otro plazo de 7 días para encontrarlo.

Así fue que casi desarmé el auto, y di vuelta la casa, corrí televisores, heladeras, busqué en los lugares más recónditos e impensables, floreros, horno, freezer, microondas, las alacenas de la cocina, todos los roperos, placares, cómodas, botiquines de los baños, macetas, en fin, hasta a la baulera fui, pero nada. Brandon fue interrogado por todos los miembros de la familia y hasta le hicimos ejercicios nemotécnicos para que especificara de donde provenía el sonido que aseguraba haber escuchado ese viernes fatídico en que comenzó mi desgracia.

A todo esto, la culpa, esa compañera inseparable que rige casi todos mis actos, me taladraba la moral, pues ya sentía que mi desorden se apoderaba de mi vida y la convertiría en algo monstruoso e ingobernable. No podía superar la vergüenza de no encontrar algo en mi propia casa y como no soy la excepción y a la hora de aceptar responsabilidades hay que compartirlas, aduje que posiblemente Gustavo lo hubiera tirado ese sábado en el cual hizo limpieza en todo sentido. La furia de aries se hizo sentir ante el comentario desatinado de lo que bien podría haber sido una posibilidad, o ¿no? ¡A cualquiera le puede pasar! Como estaba muy retorcida se me ocurrió agregar: “¡Una vez que me regalas algo lindo y útil, lo tirás!”. Esto hubiera degenerado en un divorcio contencioso si hubiéramos tenido tiempo, pero gracias a Dios, estos comentarios fueron intercambiados en la mañana, en los ajetreados momentos previos a partir al trabajo cuando uno ya está apretando el botón de la ascensor, con lo cual no pasaron de allí.

Como demostración de la adicción que nos generan estos aparatos modernos, que nos hacen invertir tiempo para comprenderlos, aceptar nuevos hábitos y luego, por todo eso se convierten en verdaderos tiranos dictatoriales de nuestras vidas, surgió otro problema más. Yo utilizo el celular como reloj despertador, y como todos hacemos lo mismo, y ya nadie utiliza reloj, no tengo ni la menor idea de adonde puede estar el despertador, o si aún queda alguno con vida. Cuestión que todo este mes, me la pasé dependiendo de que Gustavo o alguno de los chicos me despertara, esta dependencia circunstancial hizo crisis con la suma de otros traumas adquiridos, tales como el cansancio crónico, la llegada del otoño, la cercanía amenazante de la menopausia, las saudades de mi tierra, una carta del servicio de impuestos de Ginebra que me recordó la deuda que tengo desde el año 2001, una pelea fiera con mi ex - marido, el haber sido convocada por el maestro de Kevin solo a dos semanas de comenzadas las clases puesto que el chiquilín se negaba enfáticamente a hacer los deberes aduciendo que se olvidaba, un pico de trabajo que me forzó a hacer horas extras por casi todo el mes, y el constatar que sólo bajé 3 kilos de los 6 que tengo de exceso, por nombrar algunos. De repente empecé a dormir cada vez peor, o a desvelarme y estar despierta de 3 a 6 de la mañana, cosa que aproveché para terminar varios escritos pendientes de entrega, mientras escuchaba radio Mitre, tomaba mate y me secaba en solitario aislamiento las lágrimas de la migración y del exilio. En un momento mi situación ya era verdaderamente lastimosa. Otra vez, humanamente, le eché la culpa al pobre Gustavo aduciendo que yo dormía mal porque él roncaba, y que sus ronquidos comenzaban siempre a eso de las 3 que era justamente la hora en que yo tenía el sueño más frágil y quebradizo. Gracias a lo cual, Gustavo aceptó gustoso la invitación de su amigo Raúl para pasar el fin de semana pasado en Barcelona navegando su velero en el Mediterráneo. Allí constaté que aunque Gustavo y sus románticos ronquidos no estuvieran, y aunque era fin de semana, tampoco dormí en paz. Tuve que aceptar y admitirme, muy a mi pesar, que algo no andaba bien, por lo cual ataqué al psiquiatra y le demandé que inmediatamente me recetara algún somnífero pues yo no podía continuar con esta vida injusta y desequilibrada.

Papá Freud dio un largo speech sinuoso sobre los porqués de su reticencia a que una tome remedios cuando puede solucionar absteniéndose e introduciendo otros cambio que, a largo plazo, me brindarían una vida de mejor calidad. Pero yo se la hice corta y le dije que era imposible que yo trabajara menos horas (esa es la eterna disputa entre nos), por lo menos ahora y que para poder seguir adelante con las múltiples tareas de madre, progenitora y representante legal, consorte ilegal, trabajadora infatigable, escritora en vías de desarrollo, internauta intermitente e hija migrada,  se tornaba imperioso que yo conciliara el sueño reparador lo antes posible,  por lo cual capituló y me recetó dos cosas diferentes. A pesar de ello tampoco logré dormir de un tirón pero bajé un poco los decibeles, que ya estaban llegando al estado incandescente de los meteoritos cuando entrando en la atmósfera van directamente al choque con lo primero que se les cruce.

Hace dos días me admití que era inútil seguir buscando y decidí llamar a Sunrise para solicitar la famosa carta que parece un microfilm ultrachato y contiene toda la información pertinente (¡lo que es la ciencia!), pero como el número estaba registrado en mi celular oculto, y no tuve tiempo de buscarlo en las boletas o en internet, se me pasó.

Para el final de esta historia vuelvo a pegar un mail escrito a mi benemérita jefa en el día de la fecha 

Querida Adri:

Hoy me volví a levantar a las 6 pues estaba despierta desde las 5. Me duché y al salir de la ducha me encontré con que no tenía ropa limpia (normalmente me llevo lo que me quiero poner) así que manoteé una bata de Gustavo que a veces me pongo. Al calzarla, sentí algo abultado y sospechoso en el bolsillo... con temor y precaución introducí lentamente mi mano y saqué... el CELULAR!!!! No lo puedo creer!
Así que ahora que el tuyo funciona y el mío apareció, ya podés volver a enviarme mensajes. Yo creo que era una conjunción astral que vos misma destrabaste ayer cuando hiciste arreglar tu teléfono. ¡El cosmos nos une!
Me voy a desayunar.
Besos y abrazos de un alma emocionada
Aleli


 

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vivencias europeas "ola de calor"
escribe Alejandra Perciavalle, desde Nyon, Suiza

El divorcio, ese temible y terrible lugar que uno recomienda a todos de abstenerse de frecuentar, pero por el cual no ha podido evitar de transitar, nos lleva a muchas situaciones que detestamos con todo nuestro ser. Obviamente el mandato familiar que cargamos los latinos es tan fuerte que no podemos dejar de pensar ni de sentir que, en pos de una felicidad futura, llevamos a cuestas un fracaso con el cual debemos aprender a vivir.

Algunas madres, como por ejemplo la que narra el presente escrito, sentimos que nos quedamos huérfanas de hijos cuando éstos parten a pasar las vacaciones con sus padres.

Este mes de agosto en solitario, en el cual descanso y aprovecho para hacer las cosas que nunca tengo tiempo de realizar, se ve bendecido por un calor escandaloso que nos viene asolando desde principios del mes de junio. En realidad hace 140 años que no hacía tanto calor y como en Suiza no suelen acontecer cosas tan cálidas y menos aun por un tiempo tan prolongado, nada ni nadie está preparado para ello.  La gente pasa de la sorpresa a la abulia generalizada. Como la creatividad es algo que no abunda en estas tierras, cada vez que surge algo que no estaba previsto en el manual el hecho de no tener una respuesta pone a la gente sumamente nerviosa. El descontrol, el miedo, la inseguridad, son espacios habitados diariamente por los suizos que hacen verdaderos esfuerzos y logran, gracias a la paciencia y a la perseverancia netamente helvética, seguir por la vida como si nada fuera. O sea, si no tenemos respuesta, hagamos como que nada pasa. Pero en realidad por dentro y aunque pocos lo admitan como deberían, estamos todos al borde del suicidio colectivo.

Las temperaturas superan diariamente los 35° y el tema es que nada está preparado para tamaños exabruptos. Pocos lugares cuentan con aire acondicionado ya que no es necesario (aquí lo que es verdaderamente imprescindible es la calefacción para los largos y fríos inviernos). Los buses tienen pequeñas ventanas corredizas en la parte superior y los grandes ventanales son fijos, lo mismo pasa en el tren. Anochece pasadas las 22 horas lo cual torna las jornadas en algo verdaderamente largo, lento, y acalambrado. Así es que luego de un día agotador de lorca en la oficina (adonde tampoco hay aire pues somos ecológicos) uno llega a casa y circula aire caliente y hasta muy tarde no corre el fresquito que normalmente acompaña las noches estivales y es una bendición para nuestro flagelado cuerpo. El departamento está vacío y silencioso. La heladera se mantiene misteriosamente llena, confabulando con este estío caliente y haciendo que el tiempo quede entre paréntesis, suspendido o detenido en un calor aletargado y eterno.

Luego de varios días y noches sin brisa leve, ni lluvia, garúa, rocío matinal y/o  respiro de cualquier clase uno se empieza a volver menos exigente, mas laxo y tolerante, descuidado, se deja ir, llevado por este vaho o halo caliente que nos envuelve y nos arrulla como si fuera la niñera de algún antiguo príncipe intensamente consentido y malcriado.  Secretamente me pregunto si tal vez la clave no sería convertirme al budismo. El stress está ausente de nuestras vidas y entonces el apuro se vuelve secundario. En esta nueva dimensión hay que estar sumamente atento pues es tal el estado de piloto automático que uno puede olvidarse hasta de respirar.

A veces tengo la sensación de estar viviendo en la India o en el Paraguay, si bien el lago y las montañas le dan un toque surrealista a esta nueva postal veraniega y mi jefa insiste en que nada es comparable a esos lugares, donde el calor es mucho más vívido y sofocante. Yo no creo que algo pueda ser peor que esto.

Como consecuencia de esta alocada ola de calor irrespetuoso, la gente se volcó a las casas de electrodomésticos a comprar cualquier artefacto que aliviara semejante desborde climático, a saber: aires acondicionados  portátiles, ventiladores cualquier modelo, marca y color, de techo, de pie, turbos, etc. También y como consecuencia de la tremenda e inesperada demanda los negocios vendieron hasta las fotos de los artículos solicitados y ya no quedan ni abanicos en los museos. Se agotaron los stocks tanto en Suiza como en la Francia vecina y hasta el año que viene a la misma hora, no habrá tu tía.

El calor imperante no estimula para nada a aquellos sufrimos de baja presión, es más nos tara "la" neurona y la función memoria es un lejano recuerdo de algo que no sabemos muy bien qué cuernos era... Los olvidos se vuelven apremiantes y reiterados y nos recuerdan a la situación de caos descripta por Gabo en Macondo, cuando todos comienzan a olvidar el nombre de las cosas. Yo me siento reiterativa como si fuera mamá Cora viviendo en Bombay!

El pronóstico meteorológico es consultado varias veces por día y para que no cunda el pánico siempre escuchábamos que la canícula proseguiría por el resto de la semana, cuando en realidad todo el mundo sabía e intuía que este desmadre calórico se prolongaría por el resto del mes, y que luego, como castigo del cielo vendrían las lluvias tormentosas que por largo rato nos sumergirían en aguas turbulentas y que seguramente para contrarrestar, el invierno sería largo, duro y terriblemente crudo!

En vista de esta situación particular, la existencia se puede tornar un disparate, pero por mucho que uno trate de hacer algo, el clima es algo contra lo que no se puede luchar y nos queda sólo la mansa aceptación como única respuesta posible.

Alejandra Perciavalle
Nyon

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vivencias europeas: "Medir el tiempo"
escribe Alejandra Perciavalle, desde Nyon, Suiza

       
M
e resulta a veces confuso, poder medir el tiempo. Cronometrado por relojes, agendas y almanaques, se ve tan prolijo, encasillado, ordenado, rígido. Sin embargo, cuando uno siente el tiempo, nunca lo siente igual. Minutos interminables, segundos eternos, horas breves, días o semanas que se pasan volando (sobretodo cuando estamos de vacaciones), meses que se nos escapan de las manos y acumulan años en nuestras edades.

         Cuando uno siente el tiempo, tal vez ocurra lo mismo que con los relojes de Dalí, el tiempo se tuerce y se desdobla. Los relojes, calendarios y agendas no cuentan, no pueden contenerlo y entonces es como que el tiempo plano, de una sola dimensión, literalmente no existe, desaparece, no cuenta más. Quizás porque cuenta más lo que sentimos y entonces, relegado a un lugar inferior, deja de tener importancia y entonces uno lo acepta así, como un telón de fondo difuso o invisible.

         Recuerdo la primera vez que sentí el tiempo en toda su dimensión y su pesadez. Fue uno de los momentos mas tristes de mi vida. Era la última noche que Edmundo pasaba en Pilar. Desde que, dos semanas antes, me había comunicado su voluntad de partir, pensé que era mejor que ese día llegara cuanto antes, para de esa forma, poner fin al sufrimiento que ya comenzaba a ser un compañero inseparable. Llevo grabada a fuego la imagen de esa última noche, cuando terminamos de separar los libros, me quedé recostada contra la biblioteca y sentí que los diez años que llevada por la rutina cotidiana de todos los días, siempre había considerado como un momento breve se amontonaban en mi espalda y en mi cabeza y cobraban un espacio nuevo y una dimensión desconocida. “El tiempo me pesa” dije y sentí el pasado proyectado vertiginosamente en un inmenso collage multicolor formado por el frío de los montones de inviernos, el letargo de las interminables tardes de los veranos, las hojas secas bailando en el viento de los otoños, el leve vuelo de las mariposas y las flores multicolores de las primaveras, los viajes, los nacimientos de los chicos, las fiestas, las peleas y las risas, todo junto enmarcado en un doloroso “nunca mas”. El presente era sólo dolor y el futuro una pequeña hoja llena de miedo. Tal vez fuera esa certitud del final lo que le daba al tiempo, agazapado en mi espalda, la sensación de mole invasiva, pesada, agobiante, enorme, demasiado cargado para mi entonces frágil comprensión de la realidad. Como si quisiera abrazar todos esos momentos vividos que se me escapaban y huían de mi vida, totalmente despojada, sentía que perdía todo lo que había tenido, incluso hasta los recuerdos. En ese momento el presente fue  tocar el sueño destruido de un hogar que no fue, mirar impotentemente las maderas rotas del naufragio y respirar ese aroma de fracaso que nos llena el alma de cruda impotencia y las manos de una agria rebeldía.

         Hoy, que he tomado distancia en todo sentido, pude recuperar todos mis recuerdos, que siguen formando parte de mi ser, y sé que todo ese dolor era necesario y que fue constructivo. Y no lo digo desde el despecho o el orgullo herido, sino desde la verdad de las acciones que inscribí después en aquella hojita de futuro vacío. Se me abrió un nuevo mundo más auténtico y mas en contacto con la felicidad que yo necesitaba. Me pude rearmar desde el abismo del vacío encontrando pedacitos de una Alejandra que desconocía y de otra que reconocía y abrazaba, ambas necesarias para volverme mas fuerte, mas sana, mas entera, mas humana. Los cuatro años que necesité para armarme y renacer en un espacio nuevo fueron la base que me dio la confianza necesaria para poder luego dar el inmenso salto de la migración que fue de alguna forma, empezar de nuevo.

         Y pienso que la vida es así, vivir, aprender, cerrar ciertos ciclos y comenzar a fojas cero en otro camino a emprender. Para algunos es menos drástica y casi no notan los cambios, para otros, ignoro aún el por qué, es mucho mas marcada y obvia.

        Vivimos en un mundo apurado, signado cada vez más por el tiempo, donde el minuto debe estar lleno de sesenta segundos siempre plenos y valiosos. Ese es el exterior. Todos sabemos que el interior es bien distinto. Lo de afuera es una capa superficial y necesaria para brindar un orden y una contención, para marcar el reto y el desafío, y debe ser un buen esclavo, nunca un amo. El tiempo interno está signado por el alma de cada uno y el alma no lleva reloj.  Justamente porque el alma es eterna.



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