Ser Extranjera.
Para
Marga y Ani, quienes saben muy bien de que estoy hablando.
Anoche
fuimos a comer afuera con una pareja de amigos de Gustavo. Hacía mucho
que yo quería conocerlos pues Walther, francés de Estrasburgo, fue con
Gustavo a navegar varias veces al Caribe y era un poco como el héroe
legendario de todas esas anécdotas caribeñas que Gustavo me contó con
tanto entusiasmo y mechadas con tan buenos recuerdos. Jean-Renée, su
mujer, es suiza. Como no tienen hijos, trajeron al perro, un bóxer
llamado Max de un año de edad que se portó impecablemente bien.
Fuimos
a comer a un restó gastronómico
de esos que se encuentran a la orilla del lago Leman y que por ende son
elegantes y caros. El “Chateau des
Fleurs”, que también es un hotel, donde fuimos atendidos por 4
mozos que seguramente estaban en pleno estreno y despliegue de sus dotes
estudiadas con esmero en la famosa escuela internacional de hotelería
suiza. El hecho de que el perro ocupara un lugar en el piso al lado de su
amo, provocó un verdadero revuelo que no pudieron superar en toda la
velada. Por mas que Walther les explicó que ya no importaba mantener las
posiciones de rigor para servir, como la creatividad es algo que no se
estudia y obviamente en este país tampoco se requiere ni se premia, no
supieron inventar otra que tratar de pararse arriba o al borde del pobre
perro para seguir ensayando sus poses adquiridas en un acrobático intento
vano por aceptar simplemente la realidad: había que pasar por otro lado.
Estaban tan pendientes de hacer todo bien y era tan poca la
espontaneidad de la que disponían, que el mínimo margen de error los sumía irremediablemente
en la comedia de los equívocos en vías del desastre completo, con la
diferencia que aquí nadie reía. Creo que mas de uno terminó –como la
chica que apoyó prematuramente en la mesa la inmensa copa cristaloidea
que contenía el hielo, antes de que el maître hubiera introducido los
dos cubitos de rigor en mi aperitivo-con úlcera perforada.
La mirada taladrantemente expresiva de la que fue objeto no se me
pasó por alto y la pobre que ya estaba pálida y nerviosísima, pasó al
verde lívido y estoy segura de que al llegar a la cocina debe de haber
sufrido una crisis nerviosa y unas cuantas amonestaciones que sin duda
redundaran tal vez en un descuento en su sueldo. Yo trataba de calmarlos
con cálidas miradas de agradecimiento y susurros de merci
pues me producía una inmensa pena verlos sumidos en tanta confusión y
seguir perseverando en conseguir algo perfecto que no servía para nada.
Pero estaban todos tan pendientes de su esmerada actuación que no creo
que mi pobre mensaje de paz y tranquilidad, les haya hecho mella en algún
momento. La mesa estaba tan llena de cosas que era casi imposible moverse
con comodidad y uno se terminaba preguntando para que quería tanta copa,
tanto cubierto y tanto platito que lo único que lograban era dificultar
la digestión de la comida servida, que, eso si, era una verdadera
delicia.
Así
que heme aquí, en el medio de un despliegue de esmeradas atenciones y
tratando de seguir la conversación en francés, entendiendo poco al oír
hablar de gente que no conozco y de situaciones ajenas en las que me
resultaba difícil intervenir o dar una opinión. Mansamente me puse en
auditiva, tratando de acompasar y observar para conocer y comprender a
estas nuevas personas que tal vez por un capricho del destino y sin
explicación cósmica, irrumpen en mi vida de este ahora. En un momento se
habló de cine cómico francés, empezando por la maravilla de “Asterix
y Cleopatra” y eso me puso contenta porque amo el cine y había
varias películas que había visto, pero cuando lograba hilar una frase
coherente sobre mi opinión al respecto, ya estaban en otra peli que tal
vez yo no había visto; esto sucedió varias veces hasta que agarrándome
del rubro de películas recomendables y meritorias, logré citar “Los
unos y los otros” excelente film de Claude Lelouch, año 81 u 82 si
no me equivoco, un film que da mucho para comentar. Walther tarareó una
canción que en realidad era la música de “Un
hombre y una mujer”, otra famosa película de Lelouch pero del
’66. Cometí el error de corregirlo con año y todo y si bien lo disimuló
riendo, no le gustó nada y eso puso fin a la discusión cinematográfica
y a mis pocas posibilidades de intervención en un tema neutro que hubiera
servido para perfilar una opinión personal y de ese modo dar a conocer un
poquito de mi persona. Eso, si la gente tiene ganas de conocerte y le da
la cabeza para analizar tus comentarios y lecturas particulares.
Mientras
avanzaba la noche comencé a sentirme cada vez mas frustrada de no poder
decir ni intervenir en nada y ojo, no pretendía ser la estrella ni
ostentar un rol protagónico ni mucho menos, solo quería ser una mas del
grupo. Me sentí dejada de lado, aislada, triste, poca cosa, pero por
sobre todo me sentí extranjera,
hecho que me disgustó mas que cualquier otro.
Cuando
volvíamos para casa en el auto estaba realmente angustiada, pues no es la
primera vez que me pasa una cosa así. Antes me excusaba pensando que era
por no comprender las sutilezas del idioma o ciertos chistes, o muchas
veces por una diferencia de cultura, aquí muchos tienen poder económico
y son educados pero eso no va de la mano de la cultura (tanto museo y obra
de arte al reverendo pedo!). Y no es que yo me sienta “El
libro gordo de Petete” pero digamos que en el ámbito que siempre me
moví, hay ciertas cosas que uno comenta, aunque sea un artículo del
diario, una exposición, un libro, la música, el cine, etc. Pero anoche
comprendí que es doloroso no tener un espacio en una mesa amistosa, y que
en el fondo todo eso no es otra cosa que pagar el derecho de piso con
cierta abnegación y sacrificio, disimulando la bronca que nos provoca no
ser tenidos en cuenta y ser el último
de la fila.
Me
di cuenta de la gran diferencia que hacemos los latinoamericanos con los
extranjeros, que en general los hacemos sentir a gusto, les preguntamos de
donde vienen, como se sienten, como es su lugar de origen, que extrañan y
qué añoran. Nos gusta saber que hay en otros lugares, como somos vistos
a través de otros ojos, poder compartir, aprender y de ese modo ensanchar
nuestro universo humano. Al europeo medio, no le interesa agregar nada a
su ya muy satisfecha vida. Ese individualismo me pareció tan pobre y tan
triste, tan poco humano… Desde mi simpleza y mi ignorancia, me pregunto
si la guerra se sigue cobrando víctimas décadas después y deja este
saldo tan horrible que no solo pagan los descendientes de los que la
vivieron sino los descendientes de los que se salvaron, los que no la
vivimos y debemos integrarnos a una sociedad afectada. Sobrepuesta en lo
económico pero no en lo psicológico.
Este
es el mundo que me toca vivir hoy. Detrás de toda esa magia y de esa
aventura que es la migración para vivir en un lugar mejor, se rasga el
alma y salen estas cosas, cosas lógicas que muestran la parte oscura de
una sociedad: el individualismo.
Por eso, todos aquellos
que me hacen tanto bien diciéndome “que bien que te fuiste”, cosa que
tanto agradezco pues una a pesar de todo sigue dudando, tal vez puedan
entender todas estas sutilezas que también forman parte de la vida. Son
cosas que jamás me imaginé que pasarían, no sabía que existían, pero
existen y están y hacen que uno sea menos feliz de lo que imaginan
aquellos que se quedaron. Hacen que uno valore más de donde viene, la
educación recibida, la patria grande, el compañerismo y la poca
discriminación que se vive en nuestro país.
En
el fondo debo sentirme agradecida pues puedo ver las dos caras de la
moneda y eso me hace infinitamente rica, pero no me quita la tristeza y no
por ello dejo de añorar, todos los días de mi vida, la tierra que dejé
y la gente que amo que quedó allá lejos en el Sur de mis afectos…
Alejandra
Perciavalle
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Vivencia
Cero
Introducción.
Hace
poco leí que el cero es un agujero metafísico que inventaron los árabes
para los cuales también el tiempo es un vacío.
Tal
vez quiera ponerle este nombre a esta Vivencia porque la considero
ambiguamente como un punto de partida y de llegada. Como un encuentro
invisible donde lo conocido y lo desconocido tejen una historia nueva.
Estos estados opuestos no chocan, sino que son como dos etapas
maravillosamente correlativas que se suceden prolijamente, uniéndose
desde la deliciosa sincronicidad que maneja el tiempo que se nos concede
en este plano. El tiempo cuando uno lo vive es estrictamente cronológico
pero cuando uno lo escribe se desdobla al antojo del escritor.
El
cero es, en este caso, el punto de partida de un nuevo camino y como un
espejo ovalado por el cual entré el día que dejé mi tierra. Al partir
traspasé el espejo y como el de Alicia me fue mostrando un mundo que está
del otro lado de esa realidad conocida y lo que logró –y sigue
haciendo- es terminar de criarme, de mostrarme quien soy, de darme la
identidad por los contrastes y los contrarios, de aprender desde el
no-ser. Tuve que migrar para terminar de crecer y aunque me muero de
angustia y de extrañe, tengo que admitir que es una de las experiencias
mas ricas de mi vida puesto que me ha reconciliado con mi esencia, mis raíces
y mi historia.
No
es que porque esté lejos idealice siempre todo. Añoro lo autóctono, lo
verdaderamente mío, lo que nadie me puede quitar, no importa el gobierno
que se turne, ni la situación del país.
También
aprendí que cuando uno tiene el privilegio de ser nativo, el mundo de
nuestro país no se descubre desde el exterior como un planeta
desconocido, nunca se explora. Para tomar conocimiento del mismo se
produce una implosión interior. En general, son cosas que uno ignora de
si mismo y las descubre por sorpresa con la experiencia. Así me pasó
de encontrarme en un recital de Opus 4 en Nyon, del cual me avisó mi
vecina suiza-alemana, llorando al escuchar temas de Piazzola que durante años
escuché y nunca supe de quien eran. Me sentí una verdadera bruta. Me
descubro ahora interesándome por cosas en las cuales antes jamás
reparaba y valoro otras que habían pasado desapercibidas por el simple
hecho de estar al alcance de mi mano. Cosas que llevo muy adentro y
que no sabía que poseía, ni soñaba con encontrar, como hallar un cofre
escondido del cual voy sacando sorpresas y en cada una hay un pedacito mío,
oculto, secreto, latente, tejido con mis recuerdos, cálido y
familiar.
Estos
relatos nacieron sin ser planificados, surgieron como algo espontáneo y
natural para compartir con mis amigos las cosas nuevas de todos los días.
Para sentirme menos sola cuando las escribía, para crearme la ilusión de
que estaba compartiendo una charla y un café cuando las contaba, para
entender otras situaciones confusas que una vez volcadas al papel se
tornan menos complicadas y más aceptables. Para manejar con más
facilidad una vida nueva. Son el reflejo de las cosas diarias que nos
pueden pasar a todos, enfocadas en lo posible desde el humor, adornadas
con el decorado de las montañas suizas y con el sabor del chocolate.
Así
se fueron creando estos cuentos que narran un poco mi historia y
llevan mi sello y mi estilo, muchos con la sorpresa de lo nuevo, algunos
con bastante rebeldía o enojo, cuentan aciertos o desaciertos, otros con
resignada aceptación muestran imágenes algo dolorosas o tristes, otras
veces felices o emocionantes… todos con un gran tajo de nostalgia.
Si
logran poner una sonrisa en tus labios y mostrarte un mundo que no conocés
o que sí conocés y te sentís identificado, entonces sentiré que
humildemente he contribuido a hacer algo positivo.
Muchas
gracias por simplemente estar del otro lado y escucharme.
Alejandra
Perciavalle
Nyon,
2004.
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Vivencias Europeas XXII: Sistema escolar suizo
A veces
pienso que muchos de todos estos ataques que tengo en contra de las
injusticias que padezco en este país que me ha brindado tanto, está
multiplicadamente fomentado, boicoteado y /o aumentado por las saudades y
las idealizaciones de mi tierra. La oportunidad de establecerme,
trabajar, lograr ser una persona emancipada y criar mis hijos con la
tranquilidad y seguridad que no creo que pueda tener en ningún otro lugar
del planeta, son cosas que valoro, agradezco y que no olvido. Sin embargo,
la distancia, el vacío, la ausencia y la falta de los afectos tejidos en
40 años de vida, me obturan la neurona y la capacidad de discernir con
justicia. Obviamente, por mas que lo intento no puedo ser imparcial.
Pero
mas allá de todos estos motivos que tienen su justificación, aunque sea
remota y enroscada, hay algunos puntos del sistema escolar suizo sobre los
cuales no estoy de acuerdo y me gustaría decir algo al respecto. En
realidad me causa un enorme placer poder hacer una crítica y eso se debe a
que esta raza helvética goza de muy poca autocrítica y se cree tan
perfecta que toda norma, regla o manía, se torna un mandato
incuestionable, inexorable, férreo, impertérrito. No oculto mi ignorancia
en el tema, no soy ni maestra, ni psicóloga, pero fui alumna y soy madre,
y es desde ese lugar que pienso expresarme y dar mi opinión.
Como
muchas veces lo expliqué esto no es un país sino una confederación y cada
cantón es sumamente independiente en sus usos y costumbres, en sus leyes,
en sus opiniones, en sus rarezas . A veces pienso que por el único motivo
que estos 22 y 2 medios cantones (Si, hay 22 cantones enteros y dos que
corren en la categoría de medio cantón, así son de raros y complicados)
forman un país es porque jamás podrían sostenerse solos y por un motivo
económico, por algo son los banqueros del mundo (otro tema largo y
sinuoso). El sistema escolar difiere mucho de un cantón al otro. Yo
conozco solo dos ejemplos y son los que citaré.
Estando
en Ginebra, mis hijos cursaron la primaria que llega hasta el 6to. grado.
Al terminar y según el promedio de sus notas las criaturas pueden acceder
a 3 niveles diferentes de cycle o secundario : Latin,
Scientífique y Général. Si bien los tres niveles tienen una
orientación parecida a nuestros bachiller, comercial y técnico, el tema es
que sólo los de latín y científico pueden acceder al nivel universitario.
Los de general, luego de finalizar el 9no. año pasan a cursar los
aprentisages o sea aprendices para diferentes trabajos sin estudios
universitarios. Las dos vías superiores siguen cursando 10, 11 y 12 (cosa
que en Ginebra se denomina “collège” y en Nyon “Gymnasium”; se complica
más puesto que en la Francia vecina “collège” es secundario) y luego de
hacer su diploma “Baccalauréat » pueden concurrir mansamente a la
universidad.
Pero en
esos 3 años (7, 8 y 9) y si se esfuerzan, por ejemplo un chico que está en
el nivel mas bajo, llamado Général puede pasar al siguiente nivel
si sus notas lo ameritan, así como también puede bajar de nivel (caso de
Kevin que en 6 meses llegó del más alto al más bajo y no lo echaron porque
se acabó el año y nos mudamos), pero todo en el mismo año escolar y sin
repetir, con lo cual vemos que el sistema de Ginebra dentro de todo es
bastante flexible.
Cuenta
la leyenda que al mudarnos a Nyon y pasar al cantón de Vaud, me apersoné
en el colegio estatal público para proceder a anotar a las criaturas. Me
dijeron que para Brandon, que comenzaría el 2do grado todo estaba bien,
pero los otros dos debían pasar un test para ser recibidos y ubicados en
el nivel adecuado. En general no me gusta que los chicos sean sometidos a
exámenes innecesarios, pero me quedé tranquila ya que Barbara había pasado
al nivel más alto con 6/6 y aparte tanto ella como Kevin habían tomado
cursos de apoyo en el colegio de Ginebra durante el mes de agosto, en
matemáticas, francés y alemán para reforzar el hecho de que tanto un
idioma como el otro eran sumamente nuevos para ambos.
Así
que fueron al colegio y rindieron. Y cuando los fui a buscar, ese mismo
día, la decana (aquí ejerce el papel de vicedirectora) me llamó aparte y
me dijo que Kevin quedaba en 8vo ya que no había un nivel mas bajo para
ponerlo. Eso no me afectó pues el chico había tenido un año durísimo y
andaba de capa caída y no se le podía exigir que tuviera ganas de estudiar
cuando se cuestionaba otros asuntos morales mas importantes e inmediatos.
Pero estuve a punto de arrastrarla de los pelos, estrangularla y
empotrarla en la pared del patio central cuando me comunicó que Barbara no
pasaba al 7mo grado no solo en el nivel más alto como lo había logrado en
Ginebra ni tampoco en el nivel medio sino en el inferior. Ante mi cara de
horror, ya que el odio traté de disimularlo para que no nos echaran del
colegio antes de haber sido aceptados, la mujer me mostró el examen. Allí
me enteré que el nivel escolar en el cantón de Vaud es tremendamente más
alto que el de Ginebra, puesto que mi hija que adora las matemáticas y que
siempre fue brillante en ellas, no había logrado terminar el examen.
Vendría
bien aquí aclarar que en Vaud los niveles también son tres y se llaman
Voies Secondaires, vías secundarias. Entonces: VSB es Vía secundaria
Baccalauréat, VSG es Vía secundaria General y VSO es Vía secundaria
Option. A diferencia de Ginebra aquí solo se puede subir de vía si
al finalizar el año escolar se obtiene un puntaje de 15 puntos sumando los
promedios de las 3 materias filtro: francés, matemáticas y alemán. La nota
máxima es 6. Bueno, si se logran los dichosos 15 puntos uno repite el año
pero cursando el nivel superior en el cual se estaba. ¿Se entiende esto? A
mi me llevó noches de desvelo poder comprenderlo, mapa de por medio y sigo
aún preguntándome como algo puede ser tan complicado y lo que es mas, cuál
es la razón y a santo de qué esto debe ser tan complicado.
El
hecho de que Barbara no pudiera pasar al nivel que debía les presentaba un
grave problema que los tenía muy afectados pues me decían que la tenían
que poner en 7mo pero en el nivel Option (el mas bajo) y yo me negaba
enfáticamente a que eso sucediera. El colegio debe contar con el
consentimiento de los padres y pueden llegar a montar un consejo escolar
para convencerte. ¡Me la imaginaba a Barbara pasando lustros en el colegio
suizo para poder estar a tono con los demás!!! Tampoco quieren que los
chicos repitan ya que eso no es muy rentable para el estado. Finalmente se
dieron cuenta de que mi hija iba un año adelantada en edad pues al migrar
había ganado medio año, así que magnánimamente me dieron la opción de que
repitiera el 6to grado, y aprendiera todo aquello que le habían tomado en
el examen y no sabía pues eran cosas que jamás estuvieron en
el programa de 6to. grado de Ginebra.
Esto
me sumía en el mar de la desesperación pues conozco el orgullo de mi hija.
Para ella que compite tanto con su hermano mayor, el hecho de pasar al
cycle era una forma de subsanar alguna diferencia y sabía lo contenta
y orgullosa que estaba de entrar al secundario. Esto era volver para atrás
y encima injusto puesto que ella había pasado sus exámenes con las notas
más altas. En fin, transmitirle todo esto no fue fácil y le llevó bastante
tiempo digerirlo y aceptarlo. Su primer mes de clases fue catastrófico y
duro. Era la única nueva, nos acabábamos de mudar, todo era distinto y
encima lo que mas le dolía era que todos sus compañeros ¡eran más chicos
que ella!!!
Así
es que Barbara rehizo su 6to grado con varios ataques de rebeldía que
fueron purgados y castigados con penitencias dignas de la Edad Media, como
por ejemplo la de escribir 100 veces “no debo olvidar mis deberes de
alemán en casa”. Hecho que denotó su prolijidad extrema, su creativa
originalidad y su ser porteña fue que la chica lo hizo en la computadora.
Fue injustamente rechazada y tuvo que volver a hacerlo a mano. Estas
antiguas prácticas al estilo “con sangre entra” son bastante habituales,
ya que a Kevin, que se olvida hasta de si mismo, le hacen conjugar por
duplicado el verbo “oublier” en todos sus tiempos y formas. Yo
estoy por enviarle una nota al maestro para que cambie de verbo así
aprende otro y el castigo es un poco mas útil y rentable.
Finalmente,
y luego de denodados esfuerzos, idas y vueltas, Barbara superó los
inconvenientes con felicidad y en junio de este año entró al añorado
secundario en la vía media, llamada VSG.
El
año escolar está dividido en tres trimestres y abunda en vacaciones. Las
de verano constan solo de dos meses y luego hay una semana en octubre, dos
en Navidad, una en febrero y dos en Pascuas.
Las
reuniones de padres tienen lugar una vez al año en el aula magna, donde
nos agrupan y proyectan gráficos para que tratemos de comprender el
complicado sistema secundario y las opciones correspondientes. Son largas,
tediosas y aburridas. Luego se pasa a la clase donde se conoce al
maestro/a principal y al resto del elenco. A esta altura ya pasamos las de
los 3 chicos. Nos llamó profundamente la atención, en el colegio de
Barbara el trabar conocimiento con los profesores de gimnasia, música e
introducción a la física, el hecho de que los seres masculinos eran
terriblemente híbridos, sin llegar a ser afeminados todos contaban con una
falta total de masculinidad bastante desconcertante y un tanto
desagradable.
Para
ser justos, a su favor puedo decir que: el colegio público es totalmente
gratuito, siempre se encuentra cerca de casa y si los chicos viven en las
montañas de las postales hay un bus gratuito a disposición para llevarlos
y traerlos, no llevan uniforme ni delantal, les entregan gratuitamente los
útiles y los libros, anche los diccionarios y los atlas, hasta los
lápices que obviamente son Carand’ache. Al día de hoy lo único que
he comprado ha sido un compás y tampoco entiendo por qué ya que hasta la
calculadora les regalan. Las aulas nunca agrupan más de 22 alumnos.
Lo
que me parece perverso y no puedo perdonarle a este sistema es que los
chicos de 5to y 6to grado, a la edad de 11 y 12 años, son juzgados por
nota y por actitud, y el promedio de esos dos años es lo que los ubica en
las vías secundarias que luego les darán o no la oportunidad de tener
acceso a la universidad. ¿Quién a esa temprana edad puede tener conciencia
de lo que quiere para su vida futura? Solo unos pocos elegidos. ¿Como
puede ser que a una edad tan temprana sean obligados a decidir y a elegir
de esa forma? ¿Será esto lo que los vuelve tan ordenados, tan obedientes,
tan corderitos impecables? No sé, si bien me encanta vivir en un país
ordenado y prolijo, me parece que este es un precio un tanto alto a pagar.
Cuando
amamos verdaderamente a alguien le perdonamos todo o por lo menos,
relativizamos sus faltas y sus fallas. Si yo me encariño con las entradas
de cine, los boletos de tren, el papelito de los caramelos y los fósforos,
¿ por qué me cuesta tanto querer a este país? No pretendo una raíz pero sí
un lazo de afecto para sentir que si bien no es mi patria, el hogar que
tengo en Nyon se encuentra dentro de algo que se pueda llamar “mi casa”.
¿O será que es tanto lo que extraño mi país que
infantilmente no permito que otro tome su lugar? Tal vez sea tal el
sufrimiento que me causó migrar que me enojo con el modelo y entonces
idealizo el que no tengo, el imposible, el inaccesible y contamino el que
tengo a mano, el real, el presente, el que me da de comer y de esa manera
burda sacio la sed de vengar mi sufrimiento de una forma algo pueril y
nada feliz.
En fin,
cosas que pasan y que trato de entender, aunque muchas veces no lo logro.
Alejandra
Perciavalle
Nyon, noviembre del 2003.
volver
El caso del celular perdido
(y
afortunadamente encontrado!)
Vivencias Europeas XVIII
Escribe Alejandra Perciavalle desde Nyon, Suiza
A
Gustavo, que siendo de Aries y a pesar de ello, esgrime conmigo
una paciencia solo comparable con su fuerza y su amor.
!Gracias,
gordi!
Cuando llegué a Suiza, mi primer morada fue un viejo apartamento
en la Vieille Ville que para demostrar aún mas su vetusta
ancianidad no tenía teléfono.
En
esa época yo tenía (y tengo) tres hijos que en esas circunstancias
colgaban literalmente de mi, con el cordón umbilical nuevamente
vigente y reinstaurado conscientemente por ambas partes. Los
chicos eran mas pequeños y necesitaban de su mamá (que nostalgia,
ahora cada vez menos!) para todo. Yo vivía desesperada porque
ellos no hablaban el idioma, ni conocían el lugar y me volvía loca
el hecho de que no se pudieran hacer entender en caso de urgencia
y/o necesidad imperiosa.
Un
sabio dicho inglés dice: “today luxuries are tomorrow
necessities” (los lujos de hoy son las necesidades del
mañana), y me consta que es bastante cierto. Así que a los pocos
días de llegar, me compré un celular y me mantuve conectada por
esa vía con el mundo nuevo al cual nos estábamos adaptando. Desde
entonces, he podido comprobar que uno mantiene con su teléfono
portátil una relación muy especial y personal, que a veces puede
llegar a la dependencia absoluta y a reiterados intentos de
suicidio, en caso de perderlo.
En
noviembre del año pasado, debido a mi antigüedad como clienta,
pude sacar a muy bajo costo un aparato nuevo ya que el anterior
comenzaba a tener serios problemas de batería. Pero hete aquí que
cuando nos fuimos a España para las vacaciones de Pascuas, a
Gustavo no le funcionaba bien su aparato, “el celular”, y
entonces, en un acto de arrojo, le dije: “Cambiemos la carta sim y
yo te presto mi teléfono nuevo mientras yo uso el tuyo!” ¿No soy
maravillosamente generosa y altruista?
Así hicimos y resulta que fue como una transferencia de cerebros
sumamente graciosa. Los números de la agenda registrados en la
carta sim pasaron con ella al celular respectivo pero la otra
mitad, que por esos secretos indescifrables de la ciencia moderna
que jamás llegaré a comprender, o sea aquellos números que
caprichosamente nunca se registraron en la diminuta carta sim y
boyaban errantes quien sabe donde, quedaron en el aparato
telefónico. Conclusión: nos quedamos con la mitad de la agenda
propia y la otra mitad de la ajena, como en un intercambio de
cerebros cuando uno queda con el lóbulo derecho y obtiene el
izquierdo de su consorte. Como estábamos de vacaciones y solos,
sin las criaturitas, nos matamos de risa. Temo que trabajando y
con el ritmo desenfrenado de la vida loca que normalmente llevamos
en Nyon, el caso hubiera sido diferente, pues es allí, en el día a
día verdadero que cuando uno no puede encontrar lo que busca
pierde la paciencia y la paz matrimonial se vuelve sumamente
difícil de obtener.
Al
volver a Suiza, Gustavo se hizo… “el oso”, y yo con mi alma
sacrificada… “de mujer vulnerable”, seguí con el celular que se
apagaba todo el tiempo, hasta que lo cambié por uno extra que
tenemos para casos de emergencia, horrible, de color naranja y con
botones durísimos, de esos que te quitan las ganas de llamar y
hasta pueden volverte alérgico. Así seguí por varios meses,
incluidas las vacaciones de verano.
Al
regresar de las mismas, y como premio al mérito de una compañera
solidaria, Gustavo me llevó a The Phone House y me compró
un teléfono divino que yo hacía años que ambicionaba. Color
turquesa oscuro y gris, ultraliviano y aerodinámico, con pantalla
color, fundita pa’ que no se raye, radio, audífono para que no me
vuelvan a hacer la boleta si hablo desde el auto (ya pagué 100
francos), etc., como dicen los clasificados: joya!
Pasé por los trámites formales de agendar lo necesario, de
aprender a utilizarlo sin morir o matarlo en el intento, de
incorporar información sin tildarme, en suma me hice amiga de mi
teléfono móvil y pasé de la admiración al amor absoluto.
Mis hijos, a quienes les caía una sana baba verde de envidia,
fueron los mejores maestros para mostrarme y enseñarme a
comprender al nuevo integrante de mi vida. No hay nada que hacer,
la nueva generación domina estas cosas con una habilidad
increíble, lo llevan en los genes.
A
principios del mes de septiembre un viernes de mañana en la que
estaba sumamente alterada, apurada, estresada y todos esos
adjetivos que se precian de calificar a mi vida normalmente, partí
al trabajo donde pasé todo el día ajetreada con cosas urgentes e
impostergables. Cuando llegó la hora de retornar al hogar, me puse
a buscar el celular y como no lo encontraba, utilicé el viejo
truco de llamarme. Al constatar que no lo escuchaba por ningún
lado, deduje que me lo había olvidado en el auto o en casa, cosa
que es bastante común que suceda.
Al
llegar al hogar, Brandon se encontraba en el living totalmente
hipnotizado por el Cartoon Network, pero aún así cuando le
pregunté si había escuchado sonar mi celular, sin salir de su
intermezzo televisivo, pudo balbucear que: “sí, sonó hace un
ratito”. Con lo cual me quedé tranquila y me puse a hacer otro
millón y medio de cosas del largo listado que me aguarda cuando
llego a casa.
Al
día siguiente, sábado, los chicos partieron a lo de su padre y
Gustavo y yo nos pusimos a hacer ese orden que se hace
indefectiblemente cuando uno ya no aguanta mas el caos y entonces
literalmente harto de tanta porquería inservible, se avoca a
prácticamente tirar la casa por la ventana, con lo cual mientras
yo trataba de limpiar y al mismo tiempo ordenar y evitar que
Gustavo me tirara todo lo que él, masculinamente, considera
abominablemente inservible y yo, femeninamente, defiendo como
artículos de primera necesidad, mi consorte llenó 7 bolsas de
consorcio con papeles, revistas, cartones, y otras cosas íntimas
que no viene al caso mencionar.
En
un momento se me ocurrió llamar nuevamente a mi celular, que
seguía negándose a aparecer, pero ya no sonaba. Esto no me alarmó
puesto que yo recordaba que casi no tenía batería, con lo cual, me
dije, ya aparecerá. Pasaron dos semanas y luego de intensas
búsquedas por los posibles lugares de esparcimiento del teléfono,
que en este caso puede ser, cualquier lugar en el que yo
distraídamente lo haya apoyado, para tomar otra cosa y seguir mi
camino, mis hijos comenzaron a inquietarse seriamente y se
propusieron ayudarme a encontrarlo ya que ellos mismos decidieron
que el que lo encontrara tendría la recompensa de quedarse con el
aparato. Aclaro que yo jamás accedí a dicho soborno moral, pero
como necesitaba de toda la ayuda posible, me limitaba a sonreír
sin dar muchas explicaciones. A instancias de mi amiga Ana, que
insistía en que yo lo había perdido y que alguien me lo estaba
utilizando y a fin de mes recibiría una cuenta infernal, llamé a
Sunrise (la compañía que me provee el servicio) y di la orden de
bloquear el servicio hasta nuevo aviso. Me ofrecieron enviarme una
nueva carta sim, previo pago de 40 francos, pero yo no podía
resignarme y orgullosamente me negué otorgándome otro plazo de 7
días para encontrarlo.
Así fue que casi desarmé el auto, y di vuelta la casa, corrí
televisores, heladeras, busqué en los lugares más recónditos e
impensables, floreros, horno, freezer, microondas, las alacenas de
la cocina, todos los roperos, placares, cómodas, botiquines de los
baños, macetas, en fin, hasta a la baulera fui, pero nada. Brandon
fue interrogado por todos los miembros de la familia y hasta le
hicimos ejercicios nemotécnicos para que especificara de donde
provenía el sonido que aseguraba haber escuchado ese viernes
fatídico en que comenzó mi desgracia.
A
todo esto, la culpa, esa compañera inseparable que rige casi todos
mis actos, me taladraba la moral, pues ya sentía que mi desorden
se apoderaba de mi vida y la convertiría en algo monstruoso e
ingobernable. No podía superar la vergüenza de no encontrar algo
en mi propia casa y como no soy la excepción y a la hora de
aceptar responsabilidades hay que compartirlas, aduje que
posiblemente Gustavo lo hubiera tirado ese sábado en el cual hizo
limpieza en todo sentido. La furia de aries se hizo sentir ante el
comentario desatinado de lo que bien podría haber sido una
posibilidad, o ¿no? ¡A cualquiera le puede pasar! Como estaba muy
retorcida se me ocurrió agregar: “¡Una vez que me regalas algo
lindo y útil, lo tirás!”. Esto hubiera degenerado en un divorcio
contencioso si hubiéramos tenido tiempo, pero gracias a Dios,
estos comentarios fueron intercambiados en la mañana, en los
ajetreados momentos previos a partir al trabajo cuando uno ya está
apretando el botón de la ascensor, con lo cual no pasaron de allí.
Como demostración de la adicción que nos generan estos aparatos
modernos, que nos hacen invertir tiempo para comprenderlos,
aceptar nuevos hábitos y luego, por todo eso se convierten en
verdaderos tiranos dictatoriales de nuestras vidas, surgió otro
problema más. Yo utilizo el celular como reloj despertador, y como
todos hacemos lo mismo, y ya nadie utiliza reloj, no tengo ni la
menor idea de adonde puede estar el despertador, o si aún queda
alguno con vida. Cuestión que todo este mes, me la pasé
dependiendo de que Gustavo o alguno de los chicos me despertara,
esta dependencia circunstancial hizo crisis con la suma de otros
traumas adquiridos, tales como el cansancio crónico, la llegada
del otoño, la cercanía amenazante de la menopausia, las saudades
de mi tierra, una carta del servicio de impuestos de Ginebra que
me recordó la deuda que tengo desde el año 2001, una pelea fiera
con mi ex - marido, el haber sido convocada por el maestro de
Kevin solo a dos semanas de comenzadas las clases puesto que el
chiquilín se negaba enfáticamente a hacer los deberes aduciendo
que se olvidaba, un pico de trabajo que me forzó a hacer horas
extras por casi todo el mes, y el constatar que sólo bajé 3 kilos
de los 6 que tengo de exceso, por nombrar algunos. De repente
empecé a dormir cada vez peor, o a desvelarme y estar despierta de
3 a 6 de la mañana, cosa que aproveché para terminar varios
escritos pendientes de entrega, mientras escuchaba radio Mitre,
tomaba mate y me secaba en solitario aislamiento las lágrimas de
la migración y del exilio. En un momento mi situación ya era
verdaderamente lastimosa. Otra vez, humanamente, le eché la culpa
al pobre Gustavo aduciendo que yo dormía mal porque él roncaba, y
que sus ronquidos comenzaban siempre a eso de las 3 que era
justamente la hora en que yo tenía el sueño más frágil y
quebradizo. Gracias a lo cual, Gustavo aceptó gustoso la
invitación de su amigo Raúl para pasar el fin de semana pasado en
Barcelona navegando su velero en el Mediterráneo. Allí constaté
que aunque Gustavo y sus románticos ronquidos no estuvieran, y
aunque era fin de semana, tampoco dormí en paz. Tuve que aceptar y
admitirme, muy a mi pesar, que algo no andaba bien, por lo cual
ataqué al psiquiatra y le demandé que inmediatamente me recetara
algún somnífero pues yo no podía continuar con esta vida injusta y
desequilibrada.
Papá Freud dio un largo speech sinuoso sobre los porqués de
su reticencia a que una tome remedios cuando puede
solucionar absteniéndose e introduciendo otros cambio que, a largo
plazo, me brindarían una vida de mejor calidad. Pero yo se la hice
corta y le dije que era imposible que yo trabajara menos horas
(esa es la eterna disputa entre nos), por lo menos ahora y que
para poder seguir adelante con las múltiples tareas de madre,
progenitora y representante legal, consorte ilegal, trabajadora
infatigable, escritora en vías de desarrollo, internauta
intermitente e hija migrada, se tornaba imperioso que yo
conciliara el sueño reparador lo antes posible, por lo cual
capituló y me recetó dos cosas diferentes. A pesar de ello tampoco
logré dormir de un tirón pero bajé un poco los decibeles, que ya
estaban llegando al estado incandescente de los meteoritos cuando
entrando en la atmósfera van directamente al choque con lo primero
que se les cruce.
Hace dos días me admití que era inútil seguir buscando y decidí
llamar a Sunrise para solicitar la famosa carta que parece un
microfilm ultrachato y contiene toda la información pertinente
(¡lo que es la ciencia!), pero como el número estaba registrado en
mi celular oculto, y no tuve tiempo de buscarlo en las boletas o
en internet, se me pasó.
Para el final de esta historia vuelvo a pegar un mail escrito a mi
benemérita jefa en el día de la fecha
Querida Adri:
Hoy me volví a levantar a las 6 pues estaba despierta desde las 5.
Me duché y al salir de la ducha me encontré con que no tenía ropa
limpia (normalmente me llevo lo que me quiero poner) así que
manoteé una bata de Gustavo que a veces me pongo. Al calzarla,
sentí algo abultado y sospechoso en el bolsillo... con temor y
precaución introducí lentamente mi mano y saqué... el CELULAR!!!!
No lo puedo creer!
Así que ahora que el tuyo funciona y el mío apareció, ya podés
volver a enviarme mensajes. Yo creo que era una conjunción astral
que vos misma destrabaste ayer cuando hiciste arreglar tu
teléfono. ¡El cosmos nos une!
Me voy a desayunar.
Besos y abrazos de un alma emocionada
Aleli
Jamás
lo hubiera buscado en la bata!
Alejandra Perciavalle
Nyon
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vivencias europeas:
"ola de calor"
escribe Alejandra
Perciavalle, desde Nyon, Suiza

El divorcio, ese
temible y terrible lugar que uno recomienda a todos de
abstenerse de frecuentar, pero por el cual no ha podido evitar
de transitar, nos lleva a muchas situaciones que detestamos con
todo nuestro ser. Obviamente el mandato familiar que cargamos
los latinos es tan fuerte que no podemos dejar de pensar ni de
sentir que, en pos de una felicidad futura, llevamos a cuestas
un fracaso con el cual debemos aprender a vivir.
Algunas madres, como
por ejemplo la que narra el presente escrito, sentimos que nos
quedamos huérfanas de hijos cuando éstos parten a pasar las
vacaciones con sus padres.
Este
mes de agosto en solitario, en el cual descanso y aprovecho para
hacer las cosas que nunca
tengo
tiempo de realizar, se ve bendecido por un calor escandaloso que
nos viene asolando desde principios del mes de junio. En
realidad hace 140 años que no hacía tanto calor y como en Suiza
no suelen acontecer cosas tan cálidas y menos aun por un tiempo
tan prolongado, nada ni nadie está preparado para ello. La
gente pasa de la sorpresa a la abulia generalizada. Como la
creatividad es algo que no abunda en estas tierras, cada vez que
surge algo que no estaba previsto en el manual el hecho de no
tener una respuesta pone a la gente sumamente nerviosa. El
descontrol, el miedo, la inseguridad, son espacios habitados
diariamente por los suizos que hacen verdaderos esfuerzos y
logran, gracias a la paciencia y a la perseverancia netamente
helvética, seguir por la vida como si nada fuera. O sea, si no
tenemos respuesta, hagamos como que nada pasa. Pero en realidad
por dentro y aunque pocos lo admitan como deberían, estamos
todos al borde del suicidio colectivo.
Las temperaturas
superan diariamente los 35° y el tema es que nada está preparado
para tamaños exabruptos. Pocos lugares cuentan con aire
acondicionado ya que no es necesario (aquí lo que es
verdaderamente imprescindible es la calefacción para los largos
y fríos inviernos). Los buses tienen pequeñas ventanas
corredizas en la parte superior y los grandes ventanales son
fijos, lo mismo pasa en el tren. Anochece pasadas las 22 horas
lo cual torna las jornadas en algo verdaderamente largo, lento,
y acalambrado. Así es que luego de un día agotador de lorca en
la oficina (adonde tampoco hay aire pues somos ecológicos) uno
llega a casa y circula aire caliente y hasta muy tarde no corre
el fresquito que normalmente acompaña las noches estivales y es
una bendición para nuestro flagelado cuerpo. El departamento
está vacío y silencioso. La heladera se mantiene misteriosamente
llena, confabulando con este estío caliente y haciendo que el
tiempo quede entre paréntesis, suspendido o detenido en un calor
aletargado y eterno.
Luego de varios días y
noches sin brisa leve, ni lluvia, garúa, rocío matinal y/o
respiro de cualquier clase uno se empieza a volver menos
exigente, mas laxo y tolerante, descuidado, se deja ir, llevado
por este vaho o halo caliente que nos envuelve y nos arrulla
como si fuera la niñera de algún antiguo príncipe intensamente
consentido y malcriado. Secretamente me pregunto si tal vez la
clave no sería convertirme al budismo. El stress está ausente de
nuestras vidas y entonces el apuro se vuelve secundario. En esta
nueva dimensión hay que estar sumamente atento pues es tal el
estado de piloto automático que uno puede olvidarse hasta de
respirar.
A veces tengo la
sensación de estar viviendo en la India o en el Paraguay, si
bien el lago y las montañas le dan un toque surrealista a esta
nueva postal veraniega y mi jefa insiste en que nada es
comparable a esos lugares, donde el calor es mucho más vívido y
sofocante. Yo no creo que algo pueda ser peor que esto.
Como consecuencia de
esta alocada ola de calor irrespetuoso, la gente se volcó a las
casas de electrodomésticos a comprar cualquier artefacto que
aliviara semejante desborde climático, a saber: aires
acondicionados portátiles, ventiladores cualquier modelo, marca
y color, de techo, de pie, turbos, etc. También y como
consecuencia de la tremenda e inesperada demanda los negocios
vendieron hasta las fotos de los artículos solicitados y ya no
quedan ni abanicos en los museos. Se agotaron los stocks tanto
en Suiza como en la Francia vecina y hasta el año que viene a la
misma hora, no habrá tu tía.
El calor imperante
no estimula para nada a aquellos sufrimos de baja presión, es
más nos tara "la" neurona y la función memoria es un lejano
recuerdo de algo que no sabemos muy bien qué cuernos era... Los
olvidos se vuelven apremiantes y reiterados y nos recuerdan a la
situación de caos descripta por Gabo en Macondo, cuando todos
comienzan a olvidar el nombre de las cosas. Yo me siento
reiterativa como si fuera mamá Cora viviendo en Bombay!
El pronóstico
meteorológico es consultado varias veces por día y para que no
cunda el pánico siempre escuchábamos que la canícula proseguiría
por el resto de la semana, cuando en realidad todo el mundo
sabía e intuía que este desmadre calórico se prolongaría por el
resto del mes, y que luego, como castigo del cielo vendrían las
lluvias tormentosas que por largo rato nos sumergirían en aguas
turbulentas y que seguramente para contrarrestar, el invierno
sería largo, duro y terriblemente crudo!
En vista de esta
situación particular, la existencia se puede tornar un
disparate, pero por mucho que uno trate de hacer algo, el clima
es algo contra lo que no se puede luchar y nos queda sólo la
mansa aceptación como única respuesta posible.
Alejandra Perciavalle
Nyon
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