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Juana
Libedinsky, el pensamiento britanico hoy
entrevista a la autora del libro "English Breakfast",
-calificado de "lectura
imprescindible" por la revista Newsweek-

Juana
Libedinsky nació en Buenos Aires en 1973 y es periodista del diario
La Nación.
Con un amplio curriculum, Juana reune trabajos periodísticos para
los diarios "El País" de Montevideo, "El Mercurio" de Chile, "El
tiempo" de Colombia, "El Comercio" de Perú,
entre otros.
Su
primer libro, "English Breakfast" (2007), una compilación de
entrevistas a intelectuales británicos, agotó su primera edición
en una semana y fue calificado de "lectura imprescindible" por la
revista Newsweek.
Ha vivido en Nueva York y Londres.
En
la actualidad está
radicada en
Madrid".
foto: Laura Hodgson
¿Cómo
nació la idea de este libro?

Arrancó con un artículo que este año leí en el diario británico
The Guardian por encima del hombro de quien viajaba a mi lado
hecho una sardina en el subte en Londres, que es una de mis
fuentes habituales de información. Estaba escrito por el
superhistoriador de Oxford que también es columnista político y
figura emblemática de la televisión culta, Timothy Garton-Ash. Su
título era “¿Existen los intelectuales británicos? Sí, y están
viviendo su mejor momento”, y allí Garton Ash aseguraba que hoy
los británicos tienen la cultura de debate más rica de Europa, con
la cual ni siquiera París, la anterior capital de las ideas, puede
competir, y que marcan tendencias para el resto del mundo. Empecé
a investigar un poco y encontré varios estudios recientes que
apuntaban en la misma dirección, en particular los de un profesor
de historia intelectual de Cambridge, Stephan Collini. En el
último tiempo yo venía haciendo mucho trabajo de entrevistar
escritores, académicos, científicos, críticos de arte y literarios
y demás, y me di cuenta de que había a conocido a una gran parte
de los más relevantes. Me pareció que sería una buena idea
ponerlos juntos, completar con nuevos y pintar, así, un poco el
panorama intelectual de un tiempo y un lugar que estaba siendo
señalado como tan particularmente brillante. Sobre todo porque no
es gente que se mire al ombligo: opinan de temas puntualmente
británicos pero básicamente universales y, ni que hablar,
argentinos, y verlos en conjunto es muy especial.
Pero el libro no es
sólo de entrevistas. Por el contrario, hay un hilo conductor que
son observaciones y anécdotas más personales sobre la cultura
británica en general…
Sí, y subrayo que son anécdotas y observaciones de la cultura
británica en su concepción más absolutamente amplia, del fútbol
–“un arte más intrínseco a la cultura británica que cualquier cosa
que el Consejo de las Artes se digne a reconocer”, como dijo la
escritora Germaine Creer--- a la comida, Jane Austen en el cine,
los problemas de conservar tiburones en formol como arte
conceptual, o las magníficas nuevas óperas basadas en los talk
shows de la televisión más decadentes (del estilo “Estoy enamorada
de un transexual enano.. pero está de novio con mi hija”). Por un
lado, creo que estas historias son como pequeñas pinceladas para
armar un cuadro general de lo que está pasando en los últimos años
en la cultura en Gran Bretaña –e indefectiblemente, en el resto
del mundo. Pero por otra parte, agregué las bambalinas de algunas
de las entrevistas y las cosas que quedaron fuera de ellas, que
pueden servir para darles nuevas facetas, a veces más humanas, a
las grandes figuras intelectuales. Siento que haber entrado en las
casas de Doris Lessing, Martin Amis, Paul Johnson, o el estudio de
Harold Pinter, por dar un par de ejemplos, es un gran privilegio y
algo interesante de compartir.
¿Cómo
fueron esas experiencias?
Siempre muy distintas. Por ejemplo, fui a lo de Doris Lessing, la
gran dama de las Letras británicas (o “bisabuela de las letras
británicas”, como ella me corrigió dada su edad) y el gran ícono
feminista de los ´70. Por las cosas que escribió uno se la imagina
todavía quemando corpiños como hacían simbólicamente las mujeres
liberadas de entonces, pero al ver en su casita en el borde del
campo los que usa ahora, enormes, reforzados y agrisados, puestos
a secar bien a la vista en el baño, fue una imagen que me llenó de
melancolía. Por el contrario, una situación bastante graciosa
me
pasó cuando fui a entrevistar al historiador Paul Johnson a su
casa. Un liberal clásico, uno de los principios que Johnson
defiende fervorosamente en sus escritos políticos es el de abrir
las puertas a la inmigración en Gran Bretaña. “Porque aquí nadie
quiere trabajar. En cambio, todos estos trabajadores polacos lo
hacen con ganas y les da felicidad la posibilidad de ir mejorando
sus oportunidades”, me dijo y me presentó a la señora que limpia
su casa, precisamente de esa nacionalidad, y que ya estaba por
montar una pequeña empresa. Cuando iba a felicitar a la empleada
de Johnson por los elogios a su trabajo, un ratón cruzó el living
pasando por encima de mis pies. No sé cómo pude controlarme para
no gritar ---venía de matar a uno en mi propia casa, así que
estaba sensibilizada con el tema--- pero di las felicitaciones por
la limpieza aunque un poco menos efusivas de lo que había pensado
originariamente y volvimos a las peguntas con Johnson. El
ratoncito se quedó al otro lado del living, quieto y mirando como
hipnotizado. Johnson justo me estaba contando de las confidencias
que le habían hecho ciertos personajes célebres y se había puesto
a hacer una imitación perfecta de los modismos de la princesa
Diana, Margaret Thatcher y Picasso al hablar. Creo que cualquier
animal –o humano– que lo hubiese visto quedado igualmente
hipnotizado.
¿Algún
momento incómodo?
Lo
más vergonzoso, aunque es gracioso, me pasó con Harold Pinter.
Cuando fui a entrevistarlo en su casa de Holland Park (un barrio
paquetísimo rodeado de parques y cerca de la movida de Notting
Hill) llevaba yo un tapado largo de cuero que él inmediatamente
ponderó. “Puro cuero argentino, recién llegado de las pampas, ¿no?
¡Me encanta! ¿Hay de hombre también, como para mí?”, me preguntó.
Quedé paralizada. Primero, porque Pinter siempre se viste de
negro, entonces no entendía para qué iba a querer un tapado
marrón. Y segundo, porque, conocido su antiamericanismo y, en
especial, el dirigido a las grandes corporaciones, me daba
vergüenza explicarle que no había sido elaborado artesanalmente
por manos gauchas en alguna provincia, sino que lo había comprado
en una liquidación de Gap, el McDonald’s de la ropa americana, y
en uno de esos grandes centros comerciales de descuento de Miami.
Pero se lo dije y se empezó a matar de risa. “Bueno, está bien,
algo de bueno los norteamericanos tenían que hacer,
aunque sea tu tapado”, dijo, encantador, y reconoció “su”
experiencia positiva en Estados Unidos (que involucra a una
oficial de inmigraciones muy gorda en el aeropuerto de Miami y que
realmente es muy cómica).
En el libro los entrevistados
frecuentemente hacen referencias a la Argentina. ¿Alguna que le
haya llamado la atención en particular?
La
pasión por Borges diría que es una constante, pero no sólo entre
escritores. Recuerdo una vez en la Univeridad de Cambridge que
vino un profesor a dar una clase magistral sobre algo súper
específico como el uso del paréntesis en la poesía borgeana, y
era impresionante porque de la conferencia salían físicos,
químicos, matemáticos, de todo. Salman Rushdie no sólo es un gran
admirador sino que asegura que la puerta de entrada a la
literatura latinoamericana con la cual el se siente profundamente
identificado fue Borges. Además, Rushdie es un fan de Buenos
Aires, “uno de los lugares más interesantes y raros que conocí que
me recuerda mis enormes ciudades de la India, que empiezan y quién
sabe dónde terminan”, me dijo. Pero no todas las referencias son
literarias o geográficas. Maradona, por ejemplo divide las aguas:
a Martin Amis le parece un reflejo de lo peor de los argentinos,
Ian McEwan asegura que el comentario de la “mano de Dios” fue uno
de los grandes momentos de la poesía. A Kazuo Ishiguro, lo que más
le gusta de la Argentina es el tango, y lo atribuye a su origen
japonés “Escuchar a Piazzola es como ver las películas de artes
marciales de Kitano, de una gran belleza y una triste calma pero
sobre las cuales uno sabe que en cualquier momento la sangre va a
explotar”, fueron sus textuales palabras, y jura que se emocionó
hasta las lágrimas la primera vez que escuchó un bandoneón.
¿Por qué un libro
sobre intelectuales ilustrado?
Quise sacarle rigidez al tema desde todo punto de vista, y hacer
un libro sobre intelectuales que no espante como lectura de
vacaciones, sino todo lo contrario. Tuve la suerte de contar con
mi tía, Sylvia Libedinsky, arquitecta e ilustradora que trabajó en
el Financial Times, el Daily Telegraph y ha expuesto en el
Victoria and Albert Museum y el ICA (Institute of Contemporary Art)
de Londres. Sus dibujos para este libro tienen muchísimo encanto y
picardía, además de ser maravillosos trabajos de diseño que
transmiten el mensaje de cada sección.
En las entrevistas, en las anécdotas,
incluso en las ilustraciones, se ve un libro con mucho humor
aunque se traten temas tan serios como la guerra o la tolerancia.
¿Por qué?
Diría que parte de la inspiración para el libro fue la prensa
británica, que muchas veces aborda aun los temas más profundos y
delicados con humor, ironía y sin hacerle el panegírico a nadie,
lo cual admiro. Lo mismo los libros de la antropóloga Kate Fox y
toda una tradición anglosajona de relatos de viajeros en culturas
ajenas. Pero, sobre todo, tanto para las entrevistas como para las
pequeñas anécdotas elegí personalidades que, además de brillantes
y famosas, muchas veces resultaron irónicas y divertidas, porque
creo que en eso también reflejan algo importante de la modalidad
británica. Según el escritor George Mikes, el humor inglés se
parecería al monstruo del lago Ness: ambos son famosos pero existe
la fuerte sospecha de que no existen. Mikes es conocido como la
persona que mejor entendió la naturaleza de las islas británicas.
Pero me parece que en esto se equivocó.
Agradecemos a Juana Libedinsky por los extractos de su libro aqui
publicados.
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