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"Despertando
corazones"

Nancy Abalos en concierto en Londres/ entrevista y
review por Silvia Demetilla
Nancy Abalos
se presentó en concierto en el Bolívar Hall,
por primera vez en
Reino
Unido, durante el mes de octubre. Hija de Adolfo Abalos,
renombrado folklorista argentino
integrante de “Los Hermanos Abalos”, sigue fielmente los pasos de
una tradición familiar y no deja de sentirse orgullosa de sus
raíces.
Cantante, compositora, bailarina y percusionista, Nancy reconoce
su arribo a la música un poco por herencia y otro por elección
propia.
“En primer lugar llego al folklore por herencia, pero refiriéndome
también a ese amor por la tradición. Haciendo cuna en la tradición
santiagueña empecé a amar los distintos folklores de todos los
territorios. Después por elección, cuando ya confirmé ese
sentimiento”.
“De chica ya me dedicaba a la música…
- cuenta con una sonrisa cómplice- Yo creía que todos los chicos
tenían que saber tocar el piano, así como aprenden a caminar… Con
mis hermanos pensábamos que era normal tener un piano y que todos
toquemos … Fue algo tan natural en mi vida, como que siempre fue
así. La confirmación del día a día…”.
¿Qué sentís al
poder llevar tu música y tu arte al exterior del país?
Es muy lindo porque se da esa alegría y también esa
responsabilidad de sentir que estás mostrando toda una cultura de
un país, o de una región, y que también te hace hermanar con la
gente porque se transmite de corazón a corazón, te brinda la
alegría de saber que la gente se conecta de la misma manera en
todos lados.
Nancy
Abalos comparte escenario con el guitarrista y arreglador
argentino Carlos Irigoyen, pero además en esta ocasión se suman
músicos latinoamericanos e ingleses residentes en Reino Unido, así
como bailarines de varias nacionalidades.
“Despertando Corazones”, su CD, recopila una serie de ritmos
argentinos, desde tangos, zambas, cuecas, escondidos, hasta
chacareras y chamamés, junto a otros ritmos latinoamericanos. El
CD tiene arreglos de Carlos Irigoyen, quien además de ocupó de la
producción de sonido.
“Es especial porque si bien conserva la raíz de la música
argentina muy pura tiene arreglos que son mas universales-
describe Nancy-“
¿Qué es lo que
querés transmitir con “Despertando corazones” ?
Quiero transmitir la alegría de esta música… y que esta alegría
llegue al corazón, por eso “Despertando corazones”. Con estos
ritmos uno aprende a renacer todos los días… a renacer en la
esperanza. La síntesis sería esperanza y alegría.
Nancy nació en Buenos Aires y se crió en Mar del Plata, pero lleva
intacto el gen santiagueño por herencia familiar…
¿Qué
características tiene la cultura santiagueña?
El santiagueño es un tipo muy alegre, de exteriorizar mucho sus
sentimientos. Es un pueblo muy musical donde hay también
excelentes bailarines. El folklore de Santiago es muy fuerte
porque está todo conectado. El buen bailarín tiene que saber tocar
y usar la voz. Aprenden a tocar el bombo ejecutando sonidos con la
boca desde chiquitos- concluye Nancy.
“Despertando corazones”,
el concierto, se inicia con una chacarera que el público festeja y
aplaude. Luego vendrán temas de Adolfo Abalos, Atahualpa Yupanqui,
y otros compositores latinoamericanos.
¿Dónde está mi corazón que se fue tras la esperanza,
tengo miedo que la noche me deje sin alma…
Cuando se abandona el pago y se empieza a repechar.
Tira el caballo adelante y el alma tira pa’ atrás”.
ATAHUALPA
YUPANQUI
Durante la noche se suceden distintos ritmos latinoamericanos,
salpicados alegremente por los movimientos y colores de los
típicos trajes de los bailarines. Chamamés, vidalas, gatos,
carnavalitos y escondidos son algunos de los ritmos que Nancy
transita apasionadamente. La alegría y la esperanza, como había
enfatizado la cantante anteriormente, se hacen presentes en todos
los temas y el público muestra una presencia activa mediante
aplausos casi eufóricos.
“Sola en mi rancho olvidado… sola, muy lejos de vos,
mi corazón destrozado…pena, ternura y dolor…”
Como para integrar aún más a un público definitivamente interesado
en ritmos latinoamericanos, Nancy cuenta una pequeña historia al
inicio de algunas de las canciones, el origen del ritmo, etc.
Tal es el caso de “La telesita” una cantora de Santiago del
Estero que al morir de manera trágica es santificada por el pueblo
y hasta hoy en día se recurre a ella para pedir milagros.
Otros temas de igual tenor y emoción se van sucediendo… “Agitando
pañuelos”, una zamba escrita por su padre para conquistar a su
madre y un carnavalito especialmente compuesto para el film
argentino de 1942, “La guerra gaucha”.
Nancy no sólo canta y compone sino que además es una excelente
percusionista. Durante los temas de Chabuca Granda toca el cajón
peruano adicionándole la sensualidad de su voz. Su versatilidad
también se hará presente en un tema de Vinicius de Moraes y Tom
Jobim, adaptado con ritmo de zamba argentina.
Para finalizar, el tango le sienta como anillo al dedo… Su timbre
de voz fuerte y nostálgico invade la sala. A los espectadores nos
tienta cerrar los ojos y trasportarnos al Río de la Plata,
Caminito y el empedrado de las calles de algún barrio de Buenos
Aires…
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vivencias europeas:
"Medir el tiempo"
escribe Alejandra
Perciavalle, desde Nyon, Suiza
Me
resulta a veces confuso, poder medir el tiempo. Cronometrado por
relojes, agendas y almanaques, se ve tan prolijo, encasillado,
ordenado, rígido. Sin embargo, cuando uno siente el tiempo, nunca
lo siente igual. Minutos interminables, segundos eternos, horas
breves, días o semanas que se pasan volando (sobretodo cuando
estamos de vacaciones), meses que se nos escapan de las manos y
acumulan años en nuestras edades.
Cuando uno siente el tiempo,
tal vez ocurra lo mismo que con los relojes de Dalí, el tiempo se
tuerce y se desdobla. Los relojes, calendarios y agendas no
cuentan, no pueden contenerlo y entonces es como que el tiempo
plano, de una sola dimensión, literalmente no existe, desaparece,
no cuenta más. Quizás porque cuenta más lo que sentimos y
entonces, relegado a un lugar inferior, deja de tener importancia
y entonces uno lo acepta así, como un telón de fondo difuso o
invisible.
Recuerdo la primera vez que
sentí el tiempo en toda su dimensión y su pesadez. Fue uno de los
momentos mas tristes de mi vida. Era la última noche que Edmundo
pasaba en Pilar. Desde que, dos semanas antes, me había comunicado
su voluntad de partir, pensé que era mejor que ese día llegara
cuanto antes, para de esa forma, poner fin al sufrimiento que ya
comenzaba a ser un compañero inseparable. Llevo grabada a fuego la
imagen de esa última noche, cuando terminamos de separar los
libros, me quedé recostada contra la biblioteca y sentí que los
diez años que llevada por la rutina cotidiana de todos los días,
siempre había considerado como un momento breve se amontonaban en
mi espalda y en mi cabeza y cobraban un espacio nuevo y una
dimensión desconocida. “El tiempo me pesa” dije y sentí el pasado
proyectado vertiginosamente en un inmenso collage multicolor
formado por el frío de los montones de inviernos, el letargo de
las interminables tardes de los veranos, las hojas secas bailando
en el viento de los otoños, el leve vuelo de las mariposas y las
flores multicolores de las primaveras, los viajes, los nacimientos
de los chicos, las fiestas, las peleas y las risas, todo junto
enmarcado en un doloroso “nunca mas”. El presente era sólo dolor y
el futuro una pequeña hoja llena de miedo. Tal vez fuera esa
certitud del final lo que le daba al tiempo, agazapado en mi
espalda, la sensación de mole invasiva, pesada, agobiante, enorme,
demasiado cargado para mi entonces frágil comprensión de la
realidad. Como si quisiera abrazar todos esos momentos vividos que
se me escapaban y huían de mi vida, totalmente despojada, sentía
que perdía todo lo que había tenido, incluso hasta los recuerdos.
En ese momento el presente fue tocar el sueño destruido de un
hogar que no fue, mirar impotentemente las maderas rotas del
naufragio y respirar ese aroma de fracaso que nos llena el alma de
cruda impotencia y las manos de una agria rebeldía.
Hoy, que he tomado distancia
en todo sentido, pude recuperar todos mis recuerdos, que siguen
formando parte de mi ser, y sé que todo ese dolor era necesario y
que fue constructivo. Y no lo digo desde el despecho o el orgullo
herido, sino desde la verdad de las acciones que inscribí después
en aquella hojita de futuro vacío. Se me abrió un nuevo mundo más
auténtico y mas en contacto con la felicidad que yo necesitaba. Me
pude rearmar desde el abismo del vacío encontrando pedacitos de
una Alejandra que desconocía y de otra que reconocía y abrazaba,
ambas necesarias para volverme mas fuerte, mas sana, mas entera,
mas humana. Los cuatro años que necesité para armarme y renacer en
un espacio nuevo fueron la base que me dio la confianza necesaria
para poder luego dar el inmenso salto de la migración que fue de
alguna forma, empezar de nuevo.
Y pienso que la vida es así,
vivir, aprender, cerrar ciertos ciclos y comenzar a fojas cero en
otro camino a emprender. Para algunos es menos drástica y casi no
notan los cambios, para otros, ignoro aún el por qué, es mucho mas
marcada y obvia.
Vivimos en un mundo apurado,
signado cada vez más por el tiempo, donde el minuto debe estar
lleno de sesenta segundos siempre plenos y valiosos. Ese es el
exterior. Todos sabemos que el interior es bien distinto. Lo de
afuera es una capa superficial y necesaria para brindar un orden y
una contención, para marcar el reto y el desafío, y debe ser un
buen esclavo, nunca un amo. El tiempo interno está signado por el
alma de cada uno y el alma no lleva reloj. Justamente porque el
alma es eterna.
"La vejez de la tortuga
Manuelita"
un cuento de
Daniel Balditarra, desde Milan
La tortuga Manuelita hace tiempo se
marchó....Hoy vive en una casa en la Rue De Sèvres, no muy lejos
de Montparnasse; dicen que envejeciendo se olvidó lo que pasó. Tuvo
hijos Manuelita con un tortugo francés, los creció con sacrificios
en las calles de París, los educó en la Sorbona mientras fregaba
las mesas del barrio de St. Sulpice.
En las orillas de la
Seine Manuelita les hablaba de aquella Pampa argentina que había
quedado atrás. Les contó de la bandera con los colores del mar,
les describió las distancias, les enseñó la canción que la amiga
Maria Elena hace años le escribió.
Los pequeños la
escuchaban tratando de imaginar lo que escondían aquellos ojos
viejos cansados de invernar. Cuando hablaba Manuelita de su
tortugo francés, respiraba con fatiga, las mejillas se mojaban y
la boca se abría grande, mientras recordaba los gestos, las
caricias y los besos de aquel amor sin igual.
Fueron creciendo los
hijos con el aire de París, leyeron a Sartre, Diderot, aprendieron
de memoria las frases de Voltaire, se enamoraron del río, del
puente Du Carousel, y lentamente, casi sin darse cuenta, perdieron
las memorias de la canción de la Walsh, las cambiaron por los
versos de Verlaine y de Rimbaud, nuevas rimas, nuevos sueños,
hijos, nietos, mudanzas, la vida parece infinita, nos miente para
continuar.
Hoy es anciana
Manuelita, vive sola cerca de Montparnasse, los argentinos la
encuentran en
la Rue De Vaugirard, camina con la cabeza baja mientras nombra, en
español, el nombre de aquel tortugo que una vez la enamoró y se
confunde los tiempos mientras continua a pensar que tal vez, èl,
aun está vivo y que la espera......la espera todavía, la espera en
un pueblo lejano que se llama Pehuajó.
Daniel Balditarra.
Milán 20 septiembre 2005
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