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Nancy Abalos- entrevista   +  "La vejez de la tortuga Manuelita"- Daniel Balditarra

   Medir el tiempo- Alejandra Perciavalle 

Nancy Abalos en concierto  "Despertando corazones"
Nancy Abalos en concierto en Londres/ entrevista y review por Silvia Demetilla

Nancy Abalos se presentó en concierto en el Bolívar Hall, por primera vez en Reino Unido, durante el mes de octubre. Hija de Adolfo Abalos, renombrado folklorista argentino integrante de “Los Hermanos Abalos”, sigue fielmente los pasos de una tradición familiar y no deja de sentirse orgullosa de sus raíces.

Cantante, compositora, bailarina y percusionista, Nancy reconoce su arribo a la música un poco por herencia y otro por elección propia.

En primer lugar llego al folklore por herencia, pero refiriéndome también a ese amor por la tradición. Haciendo cuna en la tradición santiagueña empecé a amar los distintos folklores de todos los territorios. Después por elección, cuando ya confirmé ese sentimiento”.

De chica ya me dedicaba a la música… - cuenta con una sonrisa cómplice- Yo creía que todos los chicos tenían que saber tocar el piano, así como aprenden a caminar… Con mis hermanos pensábamos que era normal tener un piano y que todos toquemos … Fue algo tan natural en mi vida, como que siempre fue así. La confirmación del día a día…”.

¿Qué sentís al poder llevar tu música y tu arte al exterior del país?
Es muy lindo porque se da esa alegría y también esa responsabilidad de sentir que estás mostrando toda una cultura de un país, o de una región, y que también te hace hermanar con la gente porque se transmite de corazón a corazón, te brinda la alegría de saber que la gente se conecta de la misma manera en todos lados.

Nancy Abalos en conciertoNancy Abalos comparte escenario con el guitarrista y arreglador argentino Carlos Irigoyen, pero además en esta ocasión se suman músicos latinoamericanos e ingleses residentes en Reino Unido, así como bailarines de varias nacionalidades.

“Despertando Corazones”, su CD, recopila una serie de ritmos argentinos, desde tangos, zambas, cuecas, escondidos, hasta chacareras y chamamés, junto a otros ritmos latinoamericanos. El CD tiene arreglos de Carlos Irigoyen, quien además de ocupó de la producción de sonido.

“Es especial porque si bien conserva la raíz de la música argentina muy pura tiene arreglos que son mas universales- describe Nancy-“

¿Qué es lo que querés transmitir con “Despertando corazones” ?
Quiero transmitir la alegría de esta música… y que esta alegría llegue al corazón, por eso “Despertando corazones”. Con estos ritmos uno aprende a renacer todos los días… a renacer en la esperanza. La síntesis sería esperanza y alegría.

Nancy nació en Buenos Aires y se crió en Mar del Plata, pero lleva intacto el gen santiagueño por herencia familiar…

¿Qué características tiene la cultura santiagueña?
El santiagueño es un tipo muy alegre, de exteriorizar mucho sus sentimientos. Es un pueblo muy musical donde hay también excelentes bailarines. El folklore de Santiago es muy fuerte porque está todo conectado. El buen bailarín tiene que saber tocar y usar la voz. Aprenden a tocar el bombo ejecutando sonidos con la boca desde chiquitos- concluye Nancy.

“Despertando corazones”, el concierto, se inicia con una chacarera que el público festeja y aplaude. Luego vendrán temas de Adolfo Abalos, Atahualpa Yupanqui, y otros compositores latinoamericanos.

¿Dónde está mi corazón que se fue tras la esperanza,
tengo miedo que la noche me deje sin alma…
Cuando se abandona el pago y se empieza a repechar.
Tira el caballo adelante y el alma tira pa’ atrás”
.
                   ATAHUALPA YUPANQUI

Durante la noche se suceden distintos ritmos latinoamericanos, salpicados alegremente por los movimientos y  colores de los típicos trajes de los bailarines. Chamamés, vidalas, gatos, carnavalitos y escondidos son algunos de los ritmos que Nancy transita apasionadamente. La alegría y la esperanza, como había enfatizado la cantante anteriormente, se hacen presentes en todos los temas y el público muestra una presencia activa mediante aplausos casi eufóricos.

“Sola en mi rancho olvidado… sola, muy lejos de vos,
mi corazón destrozado…pena, ternura y dolor…”

Como para integrar aún más a un público definitivamente interesado en ritmos latinoamericanos, Nancy cuenta una pequeña historia al inicio de algunas de las canciones, el origen del ritmo, etc.

Tal es el caso de “La telesita” una cantora de Santiago del Estero que al morir de manera trágica es santificada por el pueblo y hasta hoy en día se recurre a ella para pedir milagros.

Otros temas de igual tenor y emoción se van sucediendo… “Agitando pañuelos”, una zamba escrita por su padre para conquistar a su madre y un carnavalito especialmente compuesto para el film argentino de 1942, “La guerra gaucha”.

Nancy no sólo canta y compone sino que además es una excelente percusionista. Durante los temas de Chabuca Granda toca el cajón peruano adicionándole la sensualidad de su voz. Su versatilidad también se hará presente en un tema de Vinicius de Moraes y Tom Jobim, adaptado con ritmo de zamba argentina.

Para finalizar, el tango le sienta como anillo al dedo… Su timbre de voz fuerte y nostálgico invade la sala. A los espectadores nos tienta cerrar los ojos y trasportarnos al Río de la Plata, Caminito y el empedrado de las calles de algún barrio de Buenos Aires…

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vivencias europeas:
"Medir el tiempo"
escribe Alejandra Perciavalle, desde Nyon, Suiza

        Me resulta a veces confuso, poder medir el tiempo. Cronometrado por relojes, agendas y almanaques, se ve tan prolijo, encasillado, ordenado, rígido. Sin embargo, cuando uno siente el tiempo, nunca lo siente igual. Minutos interminables, segundos eternos, horas breves, días o semanas que se pasan volando (sobretodo cuando estamos de vacaciones), meses que se nos escapan de las manos y acumulan años en nuestras edades.

         Cuando uno siente el tiempo, tal vez ocurra lo mismo que con los relojes de Dalí, el tiempo se tuerce y se desdobla. Los relojes, calendarios y agendas no cuentan, no pueden contenerlo y entonces es como que el tiempo plano, de una sola dimensión, literalmente no existe, desaparece, no cuenta más. Quizás porque cuenta más lo que sentimos y entonces, relegado a un lugar inferior, deja de tener importancia y entonces uno lo acepta así, como un telón de fondo difuso o invisible.

         Recuerdo la primera vez que sentí el tiempo en toda su dimensión y su pesadez. Fue uno de los momentos mas tristes de mi vida. Era la última noche que Edmundo pasaba en Pilar. Desde que, dos semanas antes, me había comunicado su voluntad de partir, pensé que era mejor que ese día llegara cuanto antes, para de esa forma, poner fin al sufrimiento que ya comenzaba a ser un compañero inseparable. Llevo grabada a fuego la imagen de esa última noche, cuando terminamos de separar los libros, me quedé recostada contra la biblioteca y sentí que los diez años que llevada por la rutina cotidiana de todos los días, siempre había considerado como un momento breve se amontonaban en mi espalda y en mi cabeza y cobraban un espacio nuevo y una dimensión desconocida. “El tiempo me pesa” dije y sentí el pasado proyectado vertiginosamente en un inmenso collage multicolor formado por el frío de los montones de inviernos, el letargo de las interminables tardes de los veranos, las hojas secas bailando en el viento de los otoños, el leve vuelo de las mariposas y las flores multicolores de las primaveras, los viajes, los nacimientos de los chicos, las fiestas, las peleas y las risas, todo junto enmarcado en un doloroso “nunca mas”. El presente era sólo dolor y el futuro una pequeña hoja llena de miedo. Tal vez fuera esa certitud del final lo que le daba al tiempo, agazapado en mi espalda, la sensación de mole invasiva, pesada, agobiante, enorme, demasiado cargado para mi entonces frágil comprensión de la realidad. Como si quisiera abrazar todos esos momentos vividos que se me escapaban y huían de mi vida, totalmente despojada, sentía que perdía todo lo que había tenido, incluso hasta los recuerdos. En ese momento el presente fue  tocar el sueño destruido de un hogar que no fue, mirar impotentemente las maderas rotas del naufragio y respirar ese aroma de fracaso que nos llena el alma de cruda impotencia y las manos de una agria rebeldía.

         Hoy, que he tomado distancia en todo sentido, pude recuperar todos mis recuerdos, que siguen formando parte de mi ser, y sé que todo ese dolor era necesario y que fue constructivo. Y no lo digo desde el despecho o el orgullo herido, sino desde la verdad de las acciones que inscribí después en aquella hojita de futuro vacío. Se me abrió un nuevo mundo más auténtico y mas en contacto con la felicidad que yo necesitaba. Me pude rearmar desde el abismo del vacío encontrando pedacitos de una Alejandra que desconocía y de otra que reconocía y abrazaba, ambas necesarias para volverme mas fuerte, mas sana, mas entera, mas humana. Los cuatro años que necesité para armarme y renacer en un espacio nuevo fueron la base que me dio la confianza necesaria para poder luego dar el inmenso salto de la migración que fue de alguna forma, empezar de nuevo.

         Y pienso que la vida es así, vivir, aprender, cerrar ciertos ciclos y comenzar a fojas cero en otro camino a emprender. Para algunos es menos drástica y casi no notan los cambios, para otros, ignoro aún el por qué, es mucho mas marcada y obvia.

        Vivimos en un mundo apurado, signado cada vez más por el tiempo, donde el minuto debe estar lleno de sesenta segundos siempre plenos y valiosos. Ese es el exterior. Todos sabemos que el interior es bien distinto. Lo de afuera es una capa superficial y necesaria para brindar un orden y una contención, para marcar el reto y el desafío, y debe ser un buen esclavo, nunca un amo. El tiempo interno está signado por el alma de cada uno y el alma no lleva reloj.  Justamente porque el alma es eterna.


"La vejez de la tortuga Manuelita"
un cuento de Daniel Balditarra, desde Milan

La tortuga Manuelita hace tiempo se marchó....Hoy vive en una casa en la Rue De Sèvres, no muy lejos de Montparnasse; dicen que envejeciendo se olvidó lo que pasó. Tuvo hijos Manuelita con un tortugo francés, los creció con sacrificios en las calles de París, los educó en la Sorbona mientras fregaba las mesas del barrio de St. Sulpice.

En las orillas de la Seine Manuelita les hablaba de aquella Pampa argentina que había quedado atrás. Les contó de la bandera con los colores del mar, les describió las distancias, les enseñó la canción que la amiga Maria Elena hace años le escribió.

Los pequeños la escuchaban tratando de imaginar lo que escondían aquellos ojos viejos cansados de invernar. Cuando hablaba Manuelita de su tortugo francés, respiraba con fatiga, las mejillas se mojaban y la boca se abría grande, mientras recordaba los gestos, las caricias y los besos de aquel amor sin igual.

Fueron creciendo los hijos con el aire de París, leyeron a Sartre, Diderot, aprendieron de memoria las frases de Voltaire, se enamoraron del río, del puente Du Carousel, y lentamente, casi sin darse cuenta, perdieron las memorias de la canción de la Walsh, las cambiaron por los versos de Verlaine y de Rimbaud, nuevas rimas, nuevos sueños, hijos, nietos, mudanzas, la vida parece infinita, nos miente para continuar.

Hoy es anciana Manuelita, vive sola cerca de Montparnasse, los argentinos la encuentran en la Rue De Vaugirard, camina con la cabeza baja mientras nombra, en español, el nombre de aquel tortugo que una vez la enamoró y se confunde los tiempos mientras continua a pensar que tal vez, èl, aun está vivo y que la espera......la espera todavía, la espera en un pueblo lejano que se llama Pehuajó.

Daniel Balditarra.
Milán 20 septiembre 2005

 


"Como sapo de otro pozo" dicho popular- Y no hay dudas que este nuevo proceso requerirá de todos nuestros esfuerzos para no flaquear en nuestra empresa, para no extrañar más de lo necesario, y para no sentirnos "afuera". Algo nuevo esta por comenzar..."

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