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"La boba se murió", escribe Luz Martí desde Buenos Aires.
 


 



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La boba se murió...                                                          
escribe Luz Martí
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 Emblema nacional   Presidenta por un dia    Hola! Argentina

Sudaka Circus
( vacaciones puntanas)

Luz Martí

  Ese verano mi tía Estela había decidido andar desnuda por la casa. – Nadie va a preocuparse por eso ni mucho menos calentarse – explicó antes de decirnos que éramos una manga de nabos que creíamos en lo que nos vaticinaba el pronóstico. Llevaba apenas una especie de calzones antiguos como un pañal “sólo por no poner el culo en estos muebles que en los tapizados tienen unas manchas que me dan bastante asco…vaya a saber de qué serán”

- Este calor no va a parar nunca. Tu padre estará encantado- me dijo y continuó- El lunes te dicen que durará hasta el sábado y entonces vendrá el alivio. ¿No se dan cuenta de que los tienen una semana ilusionados como a unos crédulos? Después, el sábado, no pasa nada y te conforman diciéndote que es un frente caliente de no sé dónde…¡esto será así por tres o cuatro meses y después vendrá el invierno de golpe cuando ya nos hayamos ido – advirtió mientras, apoyada contra un sofá, se abanicaba con la parte de atrás de un calendario viejo de una casa de remates.


  Nosotros habíamos cubierto los tapizados de la casa alquilada con sábanas blancas de puro algodón para evitar el contacto con las telas de nailon e improvisado cortinas oscuras con colchas de las de las camas de los varones. Papá se había empecinado en veranear en San Luis, cansado del frío y del viento de la costa.  –El verano es para tener calor – había dicho…y lo había conseguido – y para estar en familia – y también lo había conseguido porque no faltaba ni el loro:  Mis padres, mis primas Celita y Piqui cuyos padres no tenían vacaciones, la Tía Estela que odiaba el calor pero como estaba recién separada no tenía a dónde ir y a falta de marido había venido con su perro Héctor, nosotros tres (Pancho, Celina y yo) y hasta Beto,un amigo de Pancho. (que se había negado a ir solo de vacaciones con todas esas mujeres)


  La casa era el típico “chalet serrano” de los años treinta o cuarenta. Barato y grande, con una galería orientada al revés (el sol le daba toda la tarde) muchos cuartos, un living chico,una cocina grande y decrépita y dos baños para toda esa gente, uno verde y el otro ocre. Estaba cerca de un río seco y rodeada de una vegetación de “flora autóctona” , lo que es decir unos arbustos pinchudos, bajos,y salpicados acá y allá entre el suelo pedregoso.

Por suerte el viento no dejaba de soplar, lo que era un consuelo estúpido porque era un viento ardiente, pero que servía al menos para evaporar la transpiración que nos cubría a cada momento aunque estuviéramos sentados, quietos como postes, y hacía que el pelo se convirtiera en una paja quebradiza y la piel se resecara al punto de hacernos creer que si no la pulíamos con aceite y azúcar y la humectábamos con alguna crema, se rajaría sin remedio. Estela declaró que ella era la que más sufría porque tenía que sumarle a esa temperatura endemoniada sus propios calores del climaterio y por lo tanto se llevó el único turbo ventilador de la casa que no le sirvió de mucho porque a cada rato nos quedábamos sin luz, ella, despatarrada en un sillón, frente a ese artefacto inerte, mirándolo como quien mira a un tótem sagrado esperando que cobrara vida, con las tetas colgando y el pecho cubierto por surcos de sudor, que al principio, no digo que no, debe haber resultado algo perturbador para el pobre Beto que recién la conocía.

Ni bien bajó de nuestra rural Falcon mi madre entró en Villa Mónica y cayó en un trance un de “devoción higiénica” que la mantuvo ocupada casi todo el mes y, de paso, alejada de Estela, su cuñada, y sus desnudeces, que por toda actividad iba tomando vasitos de caña y desplomándose de un sillón al otro.

Papá retozaba como un niño en medio de la naturaleza y nos arrastraba a subir cerros a cualquier hora sin reconocer que el clima no era tan benigno como había supuesto. Se había dejado crecer la barba y usaba siempre la misma ropa.

–Parecés un loco – le dijo mamá una tarde – sólo te falta ponerte a hacer una canoa en el sótano como Horacio Quiroga.- Sótano no hay y canoa no puedo porque el río está seco, pero no estaría mal hacer una casita en un árbol- contestó visiblemente poseído por un espíritu
crusoeniano que le desconocíamos.

  El viento traía nubes de tierra fina que se amontonaba al pie de los muebles…
Por suerte trajo también las voces de nuestros vecinos que llegaron a ser el pilar de esas vacaciones. Eran dos familias que tenían sus casas a pocos metros de la nuestra, una más alta y otra más abajo, en el mismo cerro. Pertenecían a un pequeño grupo de artistas que vivía allí todo el año y que sólo se trasladaba a Buenos Aires para ver exposiciones importantes o, en el mejor de los casos, para participar de alguna.

  En la casa de arriba estaban Sirena Próspera , su marido Elvio y su suegra, Doña Tránsito. Elvio era radioaficionado y bombero voluntario (cosas que en ese lugar parecían ir casi de la mano) Nunca supimos de qué trabajaba, quizá de eso: de radioaficionado y de bombero. Tránsito atendía la casa porque Sirena Próspera (que era uruguaya y que en realidad, se había llamado Mirta Noemí, hasta hacía poco, en que había sentído la necesidad cósmica de cambiar hasta de nombre) estaba todo el día ocupada en la fabricación de tubos de neón para carteles de publicidad y también, y eso era lo que realmente le gustaba, para expresarse artísticamente.

  Los otros vecinos eran la chilena Sarita Domínguez, ex Sra de Alfonso y sus dos hijos varones que por suerte intimaron con Pancho y Beto dejándonos a todos en paz. Ella era una escultora muy fecunda que había atiborrado la casa de obras al extremo de haber hartado a su marido llenándole los galpones de cosas invendibles. Lo último – y creo que lo que colmó la paciencia del pobre dentista – habían sido cuarenta y nueve bolas pesadísimas de metal, del tamaño de una pelota de básquet que le habían devuelto de una instalación y que pretendió dejarle como adorno en el consultorio.

  Entre la tía Estela y Sirena Próspera se declaró una empatía inmediata. Hablaban largamente acerca de temas casi filosóficos y descubrieron que coincidían en un motivo de preocupación: la energía del amor no correspondido que, dicho así, parece una pavada, pero al escucharlas no pudimos sino preguntarnos, como ellas, que si toda energía se transforma, a dónde iría a parar la gran cantidad que se desperdicia en amores no correspondidos… El tema revolucionó a la parte femenina y romántica de la familia al punto de que mi madre, siempre tan práctica, en cuanto veía llegar a Sirena abandonaba el balde y el lampazo y se arrimaba a ellas como hipnotizada, llegando a confesar, una tarde, que desde que su llegada a Villa Mónica no podía evitar tener muchísimas ideas nuevas en la cabeza cada mañana y que las reconocía cuando estaba bajo la ducha. Sentía, contó, como si el agua las hiciera caer al piso de la bañadera para que ella pudiera verlas, aún con el riesgo de que se le fueran por el desagüe y las pediera para siempre.

  Sarita, salvó nuestro veraneo al ofrecernos un taller de escultura que nos introdujo en el mundo de lo corpóreo y del volúmen. Primero entusiasmó a los más jóvenes y después al resto de la familia. Los atardeceres se destinaron entonces, a producir todo tipo de piezas fantásticas que llegaron a incluír neones de colores aportados por Sirena Próspera y hasta unas flores de lana tejidas al crochet, obra de Doña Tránsito que quería participar de algún modo de esa
menesunda puntana.

  Inmersos en el arte, la naturaleza y la filosofía, el mate y la caña, los alfeñiques y las colaciones, enero pasó volando y cuando nos dimos cuenta estábamos cargando el auto con un equipaje inmenso de bolsos, valijas, artesanías y esculturas kitsch que desbordaba por las ventanas y el techo, despidiéndonos después de haber intercabiado direcciones y teléfonos, gritando “hasta prontos” y “no se pierdan” mientras agitábamos las manos.

  Un solo gesto nos inquietó a todos: Sirena Próspera haciendo una cruz con los dedos sonreía mirando a la tia Estela que, exultante, devolvió la seña.
Era un código entre ellas, pero no un secreto – “Al fin conseguí alguien que cumpla con sueño que tengo hace mucho: Sirena va a hacerme una cruz de neón para mi lápida. Me la va a mandar a Buenos Aires en cuanto la termine. No saben lo felíz que estoy” – dijo Estela mientras abanicaba a Héctor que viajaba en su falda.
 


¡HOLA! Argentina
( o cómo hacer añicos la fantasía)

Luz Martí

Para las que crecimos leyendo historias de princesas solitarias, príncipes azules y castillos embrujados la aparición de la revista ¡HOLA! Argentina ha sido como un mazazo en medio del cráneo y una patada en el alma. En realidad no se para otras, hablo por mí. Y me alcanza.

Estoy desolada. Esas letras blancas sobre fondo rojo eran garantía de poner en marcha mi veta soñadora, de reavivar relatos de aventuras de desconocidos, de gente a la que nunca conoceré ni de lejos. Me pregunté porqué las noticias de la nuestra no me atraían para nada, qué tenía la versión española que la diferenciase tanto. Quizá el motivo de esa falta de glamour sea que ni acá, en Argentina, ni siquiera en América haya casas reales, ni nobleza.

  Nosotros nunca hemos visto un noble, ni nos cambia la vida, claro, pero justamente por eso potencia la fantasía.
Tinelli, Forlán y Zaira Nara,las catorce páginas dedicadas a Juana Viale, Dolores Fonzi y Leo Sbaraglia que chocó en Palermo y sale sonriente al lado de su auto no me interesan. Ya los conozco, los veo en Caras, los veo en la tele y en todas las revistas de los bares y hasta me los puedo encontrar por la calle. Tampoco me alcanza con la nota a Joan Collins que, por su edad, todos dábamos por muerta y aparece con un novio treinta y dos años menor, ni Banderas y Melanie en su almibarado y eterno romance del salvador hispano a la frágil pero buena yanki. Ni siquiera me detengo en Brad y Angelina hamacando a sus numerosos hijos en un parque como si fuera una hazaña épica (la hazaña épica la van a vivir en unos años, cuando todos sean adolescentes)


  Yo quiero saber acerca de la modelo rusa de veinte años que sale con el José Antonio,de cincuenta y ocho, el hijo play boy de los marqueses de Fuentepelayo, una de las mayores fortunas de España, que, en una nota titulada “ Días de amor y complicidad”, confiesa a la prensa “Mis padres se llevaban muchos años e hicieron una familia muy bonita. Le he presentado a mi madre a la Marquesa y lo han pasado fenomenal.” Para luego aclarar, por si hiciera falta, que a su edad ella es una jóven muy seria que sabe lo que quiere "Siempre he estado muy segura de mí y cuando he tenido que dar un paso en mi vida lo he dado con valentía”.
 

  Quiero ver a los hijos de los reyes de Medio Oriente esquiando con sus madres vestidas por Valentino, quiero olvidarme de todo sumergida en el concurso de “La más elegante”. No conozco a esa gente. Mejor. No me importan nada, cuanto más lejanos, mejor. Quiero ver cosas que acá no haya. Rejoneadores enamorados y toreros que me muestren sus casas de campo en esos pueblo de nombres rarísmos, con títulos como “ El diestro Paquito Valleconde nos muestra su finca de Castromocho de Campos” y se ve una casa preciosa, decorada con capotes llenos de lentejuelas encima de todos los muebles, cuadros espantosos del dueño de casa, y el propio Paquito , con su loden verde, posando en el jardín con sus dos perros de caza.


  Quiero ver gente que bautice a sus hijos en el Vaticano aunque estén todos divorciados. Quiero ver gente que, sobre todo, no tenga nada que hacer.
Leer notas de mujeres que para reflejar toda la felicidad que les provoca su casamiento digan frases como: “Llevo un año pensando en las flores que pondré en la iglesia el día de la boda”


  Quiero ver al marido de la condesa de Encinares Nebrija preparar un globo aerostático para remontar la base del Anapurna ante la azorada mirada de sus suegros que han ido a saludarlo y pagan la expedición.


  Quiero ver a Máxima y a Rania, a Carolina, y a Estefanía de cuando en cuando, y a las Infantas y ver lo que se ponen y a dónde van. Es todo tan lejano que por eso me atrapa. No me interesa, me ayuda a evadirme de lo cotidiano. Y creo que esa es justamente lo que yo llamaría “la función social” de ¡Hola!. Es como leer una novela de Danielle Steel pero mejor, porque tiene fotos.


  Quiero reírme de esos señoritos que juran haber encontrado el amor de sus vidas en un terrible gato en un número de la revista y ocho números más tarde anuncien trágicamente “Lo nuestro se ha acabado” en un reportaje de diez páginas en el que, aunque destrozado por la ruptura, se cambia de ropa cuatro veces. Quiero leer romances con finales anunciados:“Conchita Espert y Abascal muestra la preciosa casa estilo polinesio que la ha regalado un príncipe marroquí” y vemos Conchita en puntas de pie sonriente con bata blanca de toalla y un hombro al aire, al borde de una pileta rodeada de faroles y tinajas de la mano un gordo, también de bata, lleno de cadenas de oro con un epígrafe que dice “Soy una mujer muy tranquila, amo el hogar y no veo el momento en que podamos casarnos y formar una familia. Se que esta vez va a ser definitivo porque he encontrado en Ahmed al hombre de mi vida”.Tres números más tarde se ve a Conchita detenida por la Guardia Civil por haber estrellado el coche volviendo de una disco con unas amigas con un pedo tísico y en un estado lamentable. “Me han fallado los frenos” dice la modelo.” Y eso que era un coche nuevo”. Y todos le creemos…. Menos Ahmed, claro.


  Por eso, aunque peluquerías, quioscos y bares estén atestados de HOLA Argentina voy a evitarla a toda costa y a seguir buscando con la mirada atenta esa perla española, más cara y más difícil de encontrar que me proponga salir por un rato de mi vida cotidiana y viajar a un mundo donde pueda ver varias fotos de un niño revolcándose como un energúmeno antes de entrar al colegio mientras su madre disimula las ganas de estamparlo contra la vereda y leer el título de la nota: “Simpático capricho del Príncipe Claus de Bulgaria en su primer día de clases”
 

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Emblema nacional
 Luz Martí

  Sueño de una noche de verano, de invierno o de primavera, objeto del deseo, aroma del deseo, sabor del deseo, el asado es más que un plato nacional. Alimento emblemático sobre el que se depositan las ilusiones de todo argentino que se precie, manjar nostálgicamente extrañado en el exilio que nos hace buscar carniceros que cambien sus cortes tradicionales y nos guarden tripas que tirarían a la basura, única alternativa que se nos ocurre para festejar lo que sea, rito sagrado de domingo, el asado es capaz de mover montañas. Es capaz, entre otras cosas, de hacer levantar de su cama a un joven macho de la especie que se haya acostado exánime de tanta joda y tanto baile cinco horas atrás, a esa piedra que ronca en un nido de sábanas y mantas con toda la ropa tirada por el piso, con sólo susurrarle al oído las palabras mágicas : “chorizo” y “tira de asado”.(No intentar con “morcilla” “vacío” ni “tripa gorda”, no es lo mismo)

  La ceremonia de su preparación – casi tan importante como la comida misma- se lleva a cabo en medio de procedimientos súper específicos y respetando metódicamente pasos preestablecidos que quizá hayan empezado uno o dos días antes con la compra de la carne o la búsqueda de un chivito o cordero en algún lugar remoto al que acudieron desafiando los peligros del conurbano con una ilusión casi igual a la de ir a adoptar un hijo.

  Los prolegómenos contemplan toda clase de rubros pero quién haya observado detenidamente el proceso notará que existen ciertos “agujeros negros” que son siempre inatendidos confiando en la ayuda de desprevenidas benefactoras del sexo femenino que se encuentren en el radio de influencia de la parrilla, léase madres, esposas, parejas de cualquier índole, hijas, sobrinas, suegras. Es que estos simpáticos neurocirujanos domésticos no pueden prescindir de una instrumentadora que los asista en las hazañas con las que se lucirán y se ocupe del trabajo sucio, con todo lo que ello implica.

  El primer reclamo ( y ahí deberíamos estar alertas y salir corriendo de casa) es un cepillo para limpiar esa parrilla que nuestros desconsiderados hijos y sus roñosos amigos han dejado hecha un asco como siempre. Para solucionar este entuerto echarán mano de tu cepillo nuevo para lavar zapatillas sin mirar que debajo de la parrilla tienen una docena de cepillos inmundos y llenos de grasa que han ido arrebatándonos cada domingo.
Una vez llevada a cabo la tarea de limpieza y luego de pedir los fósforos, que tampoco encuentran, empezarán con las maderitas, los carbones, la quema de la bolsa contenedora de dichos elementos y, a partir de allí, los pedidos se sucederán sin tregua: ¿Tenés una tabla?, ¿Me alcanzarías un trapito? (además de esconder los cepillos nuevos aconsejo vivamente hacer desaparecer de la vista los repasadores y otra cosa que les gusta muchísimo: los trapos rejilla. Dejen tan sólo un pedazo de remera vieja que puedan tirar a la basura sin problema ni culpa), Sal gruesa, ¿hay?, ¿Hiciste ensaladas? Ajíes no hay, ¿no? Estos chorizos llevátelos porque van al final…

  A juzgar por sus preguntas se podría creer que el señor que hace el asado no es mi marido sino un esquimal que pasaba por la vereda por casualidad y al que entré de prepo y obligué a preparar una comida desconocida. Entra y sale cuatrocientas veces buscando fuentes, tablas, cuchillos, tenedores de distintos tamaños y elementos para adobar, dejando sistemáticamente la puerta abierta y, para mi alegría, la cocina llena de moscas.

- ¿No habrá un quesito para este vino? Pide como un náufrago desde su puesto de combate, como si no pudiera acercarse a la heladera a ver si queda algo para acompañar sus libaciones. ¿De ese tipo Mar del Plata no queda? Pregunta cuando le alcanzo dos pedazos de port salut del tamaño de boleto de colectivo y con los bordes secos.
- Se lo comieron tus hijos… sentencio al tiempo que me doy cuenta de que ser parte de ese operativo me está agobiando. Es hora de irme y encuentro la excusa ideal, la única, creo, capaz de ser aceptada en semejante momento:
- Me voy a comprar el pan, anuncio segura de que nadie osaría impedir la búsqueda del preciado miñón fresco para el chorizo bombón. Así me escapo, lo compro y de paso me siento a tomar un café por ahí, con una bolsa de pan como para alimentar al Quinto Cuerpo de Ejército, para que el tiempo pase.

  Refugiada en mi eventual escondite evito que me sigan pidiendo cosas y pienso en qué harían si yo me pusiera a planchar y pidiera ¿Me rociás? ¿Me traés agua? Se me acabó el apresto. ¿Me ayudás a doblar? ¿No me sacás tus cosas de la mesa que quiero poner la ropa? Creo que me matarían.

  De todas maneras agradezco haber aprendido finalmente a negarme con bastante lucidez a ciertas propuestas masculinas llenas de buena voluntad como a la tentadora oferta de arreglar desperfectos del hogar, que, alabado sea el Señor, muy pocas veces pronuncian los fines de semana. Ya se como termina el intento de cambiar la cinta de la persiana. No me arregles nada, gracias, tengamos el domingo en paz, dejame lavar los platos y las fuentes del asado, dejame guardar la carne que sobró, dejame entretenerme buscando vasos por el jardín que con eso me alcanza. No me agregues trabajar como una mula limpiando lo que cae del taparrollo y además me condenes a quedarme toda la semana a oscuras hasta que venga el service.

  Cuando vuelvo a mi casa el clima distendido que había cuando me fui se ha tornado una especie de zafarrancho de hundimiento de barco donde todos corren como locos de acá para allá enarbolando platos y cubiertos. ¿Qué pasó?“La carne está lista” fue el grito que desencadenó el brote de psicosis colectiva. Mis cuñados empujan unos postres en la heladera haciendo resbalar el pote de crema abierto sobre una pizza que era para la noche, mis hijos se levantaron y circulan como unos sonámbulos de pelos parados, trajes de baño y camisetas arrugadas obstruyendo el paso, mi hija, quejándose sin disimulo, como aprendió de su madre, está terminando de poner la mesa y de condimentar las ensaladas y mi suegra devora silenciosamente la mejor porción que Edipo reservó para ella. Mis panes son recibidos como maná del cielo. Me los arrebatan y a medida que cada uno tiene en sus manos un sándwich de chorizo veo como las facciones se suavizan, el caos va calmándose y, todos distendidos al fin, envueltos en el aroma narcótico del asado nos acomodamos alrededor de la mesa a disfrutar de un domingo en familia.

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Presidenta por un dia
 Luz Martí

  Dicho así parece que fuera a contarles un sueño, o un programa de televisión donde un panel de niños propone qué haría cada uno si ocupara la presidencia por un día. O uno de modas en el que la elegida deberá armar un guardarropa de Primera Dama que luego la producción le regalará completo. O hasta quizá un concurso en dónde al beneficiado (?) se le concederán 24 hs en Balcarce 50 siguiendo al mandatario de turno.
Pero no se trata de nada de eso. Mi Presidencia fue real y, si bien la elección no fue por sufragio popular, tuvo bastante que ver con la democracia.

  Me desperté temprano ese domingo y al ver que era un precioso día de primavera, me di un baño rápido, desayuné y salí a la calle. Llevaba sólo una pequeña cartera con los anteojos, el DNI y unos pocos pesos para tomar un café frente a la plaza, en una mesita al sol, en la vereda. Lo primero sería cumplir con mis deberes cívicos – de ahí lo del DNI – y luego descansar durante todo ese largo día que tenía por delante.

  Ni bien puse un pie en la escuela que me tocaba noté una cantidad inmensa de gente dispuesta en largas colas de hombres y de mujeres. Busqué mi mesa en el padrón pegado en la pared, subí al primer piso y me puse en la fila que, curiosamente, ni se movía.
A los pocos minutos de una espera a dónde los ánimos ya se notaban caldeados apareció una mujer agitada con unos papeles en la mano y los anteojos puestos como una vincha que me preguntó – “¿Mesa 2456?” “Si”, contesté tímidamente mientras pensaba qué cara especial de boba tendría yo para que sólo se dirigiese a mí en vez de a cualquiera de las otras de la fila. “Mirá, no tenemos autoridades así que no podemos abrirla y no se a qué hora van a poder votar todas ustedes. Si querés quedarte, te nombro YA y la abrimos en seguida”.

  De repente sentí al menos veinticinco pares de ojos clavados en mí con inequívocos mensajes que no era difícil interpretar a esa altura: “Dale, abrí la mesa que me quiero ir de una vez” “Ni se te ocurra decir que no o te mato” “Decí que si, boluda, que estoy apurada y tengo a mi suegra en el auto” “Si me llegás a proponer a mí te ahogo dentro de la urna”.
Por razones que no vale la pena analizar (toda esa gente esperando para hacer lo que después nos quejamos si no nos dejan, el cuadro de San Martín, el busto de Sarmiento, la bandera en el patio y eso de ser “autoridades” que, según mi marido, me gusta bastante) acepté el cargo sin la menor preparación (lo que parecería una condición natural para ejercerlo en cualquier ámbito) y me senté en la mesa ocupando mi puesto de Presidenta. Lo primero fue organizar las tareas con mi singular equipo. Lo segundo avisar a casa que no me volverían a ver el pelo en tanto y en cuanto la Patria me lo demandara.

  El continuo desfile de votantes casi no nos daba respiro. Sólo pude comer un triste pebete medio seco de salame grasiento y queso sudado que alguien me acercó y unos sorbos de gaseosa tibia. La tarea en sí era suficientemente automática como para que yo cometiera unos cuantos errores poniendo los sellos en lugares equivocados de los documentos y escribiendo fechas que nada tenían que ver con la de ese día como a mi vecina del 4°D a quién, tan contenta, le escribí que había votado el 19 de Octubre de 1978, aunque estuviéramos en 2007.

  Después de hojear todos esos DNI y esas Libretas Cívicas centenarias quise lavarme las manos y decidí pasar al baño. El baño no tenía agua, mucho menos jabón y ni soñar con una toalla, ni siquiera una boleta vieja para secarse. O sea que lo único que se podía hacer en él era justamente eso, pasar.
También bajamos la urna quinientas veces (parecía que todos las fracturadas del barrio nos tocaban a nosotras) con la consiguiente demora y molestia de las mesas de abajo que cedían sus cuartos oscuros y tratando de no reparar en las miradas de odio de quienes hacían cola.

  Por suerte con mis compañeras de mesa formamos una buena banda y matizamos el tiempo riéndonos disimuladamente – o no - de las fotos que algunas de las votantes tenían en sus documentos: una señora canosa, seria y desarreglada aparecía en su DNI de los años ´80 con un batido rubio como un casco y un maquillaje alucinante que parecía sacada de un de cabaret del bajo; otra toda operada y ajustada que se creía una diosa recién bajada del Olimpo había resultado ser, hacía tiempo, una bola narigona y crespa que tuvimos que mirar dos veces pensando que se habría equivocado de documento. Como con algunas era imposible contenerse, optábamos por no mirarlas a la cara para no comparar con esas fotos y esos peinados, deslizando entre nosotras sus documentos mientras las susodichas se entregaban al sagrado acto del sufragio, aprovechando para reírnos de ellas llegando incluso a llamar la atención de una “autoridad volante” que tuvo que acercarse a preguntar qué era lo que pasaba, la muy botona.

  Justo es reconocer que, a pesar de todo, mi grupo trabajaba aceitado como una máquina. Se componía de una maestra jardinera (siempre hay una) que era la vicepresidente, una fiscal por un partido de centro que además era la niñera de los hijos de una famosa actriz de la televisión y que en realidad era peronista pero había aceptado ese puesto porque le pagaban más , la siempre presente fiscal justicialista de la primera hora, de avanzada edad, muy maquillada y con un pelo entre colorado, naranja y rosa y a la que le trajeron una vianda fantástica que desató la envidia del resto, una estudiante que representaba al partido radical que no paró de morder pastillas de menta y no se levantó nunca para controlar las boletas a su cargo y una mujer que en realidad nunca supimos bien qué hacía allí, que dijo ser astróloga y se había sentado un poco más alejada de la mesa y preguntaba los signos zodiacales de cada una y nos daba una breve semblanza del mismo que nadie le pedía.
Para el momento culminante del recuento de votos nos encerramos en el cuarto oscuro, que más que oscuro era terriblemente caluroso y sin aire ( con sólo ver esas aulas y esos baños nadie debería extrañarse del estado de derrumbe de la educación argentina)

  Gracias al sistema de corte de boleta tuvimos que hacer un recuento dificilísimo durante el cual creí que iba a perder la cabeza frente a la cantidad de posibilidades que se presentaban. De todas maneras me las ingenié bastante bien, en especial para que ninguna se diera cuenta de mis limitaciones con la suma, la lógica y el llenado de planillas, y armé unas pilas muy prolijas que luego contaríamos. Con el calor, el cansancio y las propuestas absurdas de la Niñera y de la Niña Radical, mi humor empezó a deteriorarse rápidamente.

  Ninguna de ellas estaba autorizada a tocar las boletas ni a sumarlas porque esa tarea sólo corresponde a las autoridades de mesa – o sea a mí y a la Jardinera – En ese momento a la Niñera se le ocurrió que ella sufría de “calores” producto de sus estado hormonal y que sería una buena idea prender el ventilador de techo sin darse cuenta, creo, porque no se daba cuenta de nada, de que todos esos millones de boletas usadas y sin usar, de unas y otras pilas volarían por el aire mezclándose para no poder recontarse nunca más. Entonces se produjo el único incidente del día cuando yo, transpirada, con las manos sucias desde hacía doce horas y la sensación de haber lamido los documentos mugrientos de todo el barrio a fuerza de hojearlos y haciendo uso de mis facultades de Presidenta de Facto, la perforé con la mirada y con las fosas de la nariz dilatadas al máximo le dije: - “Tocalo y te mato” con tal tono de barrabrava que se produjo un silencio gélido quebrado apenas por el comentario de la astróloga que, fiel a su desubicación agregó: -“Bien de Géminis” y que ,lúcidamente, fue lo último que se animó a decir.

 

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